Al día siguiente, Elena se levantó a desayunar.
Después de servirle el plato, la señora Ruiz le dijo:
—Señora, el señor dijo que puede ir a trabajar, pero que si esta noche no vuelve a casa, él mismo presentará su renuncia por usted.
Elena tuvo que respirar hondo para tragarse el coraje.
Al terminar de desayunar, pidió un taxi y se fue al Grupo Vargas.
Terminó sus pendientes justo al mediodía. Después de comer, le marcó a Isabel.
—Isabel, me voy a ir con todo contra Diego, tope donde tope.
—¿Qué pasó? —preguntó Isabel, sorprendida—. ¿Ese infeliz volvió a buscarte?
Elena soltó una risa amarga.
—El muy cínico quiere tenerlo todo, quiere tenerme encerrada en la casa, pero no se la voy a dejar tan fácil. Tengo pruebas de cómo me arrastró a este matrimonio con engaños. Si las hago públicas, le voy a arruinar la reputación y el Grupo Romero también va a salir raspado. Ya no estoy dispuesta a aguantarle nada.
A Isabel le preocupaba que, al hacer eso, provocara a la familia Romero y quisieran vengarse.
Sin embargo, Elena había perdido a su bebé por culpa de Diego y había sufrido demasiado. Si seguía aguantando, iba a terminar perdiendo la cabeza.
Sin importar las consecuencias, la iba a apoyar en todo.
—Está bien, me parece perfecto. Yo te ayudo. Mi novio Joaquín tiene sus contactos; voy a hablar con él para asegurarnos de que mañana todas las noticias de Ciudad Río abran con el escándalo de Diego y Adriana.
En la noche, al salir del trabajo, Elena regresó a la casa de Diego.
La señora Ruiz la recibió con una sonrisa cautelosa.
—Qué bueno que ya llegó, señora. El señor avisó que iba a cenar en la casa, así que preparé un par de platillos extras.
Elena asintió y se fue directo a su recámara.
Diez minutos después, el carro de Diego cruzó el portón de la casa.
Al entrar y ver los zapatos de Elena en la entrada, se le dibujó una sonrisa en la cara.
Cuando la señora Ruiz lo vio, se apuró a sacar la cena.
Diego se cambió los zapatos, entró y preguntó:
—¿Elena ya llegó?
—Sí, está en su cuarto —asintió la señora Ruiz.
Diego entró a la recámara y vio a Elena sentada en el escritorio leyendo un libro.
Se acercó y le puso una cajita sobre la mesa.
—Anoche me porté mal contigo. Por favor, no te enojes. Te traje un regalo.
La expresión de Elena se mantuvo fría y ni siquiera se molestó en voltear a verlo.


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