Apenas llegaron a la mansión, Natalia notó una camioneta de mantenimiento estacionada cerca de la entrada principal.
Varios empleados y mujeres del servicio andaban de un lado a otro con trapeadores y escobas; todo indicaba que algunas partes de la vieja construcción trasera necesitaban reparaciones por la humedad.
Cuando Natalia y su hija entraron al recibidor, encontraron a Cristina Torres dándole indicaciones a Denisa Palma.
—Denisa, creo que en el estante alto del cuarto donde dormía Luca todavía hay algunas cosas guardadas. Pídele a Julia que busque una escalera y le dé una buena limpiada. Con este clima, si no lo checan pronto, se va a llenar todo de moho.
—Claro, yo me encargo —asintió Denisa. Al darse la vuelta, vio entrar a las recién llegadas y las saludó con su típica sonrisa afable—: Nati, Irita, qué bueno que llegaron.
Iria estaba en la edad donde todo le llamaba la atención.
—Tía, ¿vas a ir a limpiar? ¡Yo te ayudo!
Cristina la detuvo al instante.
—No, mi niña. Ese cuarto lleva muchísimo tiempo cerrado y debe haber tierra por todos lados.
La residencia de la familia Torres estaba dividida en dos secciones: una antigua, donde solían vivir años atrás, y la nueva, mucho más moderna. Hoy en día, salvo por algunos empleados de limpieza, rara vez alguien pisaba las recámaras de la zona antigua.
—Bueno... —suspiró Iria, un poco desilusionada.
Cristina dirigió su atención a Natalia.
—Supongo que la abuela te llamó, ¿verdad? Anda a checarle las piernas, que con esta lluvia amaneció adolorida.
—Enseguida —respondió Natalia. Tomó su maletín de terapias y subió las escaleras, dejando a Iria al cuidado de Cristina.
Mientras tanto, Denisa mandó llamar a Julia, la empleada de más confianza, agarraron una escalera metálica y se adentraron en la zona vieja.
Al final del pasillo del segundo piso se encontraba la antigua habitación de Luca. Como la mansión sobraba en espacio, el cuarto seguía prácticamente igual a como él lo había dejado.
Cada vez que Denisa recorría ese tramo, la invadía una melancolía que le erizaba la piel. Le recordaba sus años de juventud. Hasta el olor a pino añejo que desprendían los muebles se sentía familiar y doloroso a la vez.
—Señorita, aquí hay mucho polvo, no entre. Yo me encargo de todo —sugirió Julia, quien llevaba más de treinta años al servicio de la familia y se conocía la casa como la palma de su mano.
Julia desplegó la escalera junto a la inmensa biblioteca empotrada y subió con un trapo en mano.
—No te apures, desde aquí te superviso —dijo Denisa, incapaz de despegarse de aquel ambiente.
Se acercó a la librería y acarició los lomos de los libros que Luca solía devorar. Había muchísimos títulos sobre finanzas y estrategias directivas, e incluso algunos manuales de filosofía y novelas históricas que ella misma le había regalado en sus años de escuela.
El cuarto entero respiraba la atmósfera detenida en el tiempo.
—Uy, ¿y esta maleta que estaba aquí arrumbada? —preguntó Julia, sacando a Denisa de sus ensoñaciones.
Denisa levantó la mirada justo cuando la empleada bajaba con cuidado un pequeño maletín de cuero color café oscuro, cubierto por una densa capa de tierra.
—Creo que hace muchos años vi al joven Luca con una de estas —comentó la mujer.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Quédate con tu cuñada, querido exesposo