Natalia se quedó a un lado, con el rostro impasible. Aunque quisiera, no podía impedir que Denisa platicara con su hija.
En ese momento, se escuchó el motor de un carro apagándose afuera.
Poco después, Luca entró a la casa a paso tranquilo, vestido con un abrigo gris.
Había pasado el día trabajando en la oficina. Al entrar, traía impregnado el frío de la calle. En cuanto se quitó el abrigo, Denisa lo recibió con total naturalidad.
Debajo llevaba un traje a la medida. Al ver a su hija, se agachó para saludarla. Fue entonces cuando vio al mayordomo y a una de las empleadas poniendo el ramo de rosas en un florero.
Las palabras que Luca estaba a punto de decirle a Iria se le quedaron atoradas. Sus ojos se volvieron tan fríos como el hielo al mirar fijamente el ramo. Su humor cambió de forma drástica en cuestión de segundos.
Mientras Natalia observaba el rostro de su hija, captó la expresión de su marido.
Aunque fue solo un instante sombrío, no pasó desapercibido para ella.
«¿Se enojó? ¿Será que le mandaron rosas a la mujer que le gusta y sintió que invadieron su territorio sagrado?», pensó.
Denisa, tras voltear a colgarle el abrigo, notó cómo Luca se quedaba paralizado al ver las rosas. Un destello cruzó su mirada, pero no dijo nada.
Luca cargó a Iria, quien señaló las flores:
—Papi, quiero ver si huelen rico.
Luca la llevó hasta ahí. Mientras la niña se inclinaba a olerlas, el hombre estiró la mano y arrancó un par de pétalos.
Al ver que Luca se estaba haciendo cargo de la niña, Natalia subió a buscar a la abuela.
No era que quisiera ganarse su favor, sino que Josefa le había pedido que subiera a darle un masaje terapéutico en el cuello en cuanto llegara.
Denisa también se acercó a las flores. Al ver cómo Luca hacía pedazos los pétalos en su mano y los tiraba al bote de basura sin siquiera preguntarle quién se las había enviado, el corazón le dio un vuelco.
Natalia se detuvo en las escaleras y echó un vistazo hacia abajo: un hombre incapaz de controlar sus celos, una mujer perdida en su enamoramiento y una niña tan inocente que no entendía nada de lo que pasaba.
***
La luz del atardecer se filtraba en el cuarto de la abuela, que siempre olía a sándalo y hierbas. Josefa estaba recostada y Natalia, parada a sus espaldas, le masajeaba los hombros y el cuello con movimientos precisos.
La abuela se relajó un poco y dijo:
—Menos mal que vienes todos los días a atender a esta vieja, si no, no podría dormir bien.
Natalia asintió con un murmullo suave y contestó:
—Lo más importante es estar tranquila.
La abuela asintió con una chispa de esperanza en sus ojos:
—¿Ya pensaste en lo que te dije la otra vez? Yo ya no pido nada en esta vida, pero me la paso pensando en que necesitamos que la familia crezca. Sé que no te importa lo de las acciones, pero míralo como un seguro para el futuro.
Natalia dudó por un momento y dijo:

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Quédate con tu cuñada, querido exesposo