Sin embargo, Melba seguía pensando en esos trescientos mil pesos.
—Señora Nanette, de ahora en adelante la voy a atender en todo. No tiene que pagarme un sueldo, con que me dé un taco para comer, me doy por bien servida.
Nanette soltó una risa nerviosa.
—La comida no te va a faltar, pero la verdad es que por ahora no puedo pagarte un sueldo. Me acabo de echar encima una deuda de trescientos mil pesos.
Melba volvió a conmoverse.
Nanette la llevó a Altavista Premier, le lavó el cabello y la ayudó a arreglarse, como si quisiera devolverle un poco de dignidad.
Era la primera vez que alguien la cuidaba así, y más tratándose de su antigua patrona, por lo que sintió ganas de echarse a sus pies otra vez.
Pero recordó lo que le había dicho Noel y se contuvo.
En su interior, juró que de ahí en adelante cuidaría a Nanette como si fuera su propia hija.
Después de tanto ajetreo, Nanette ya se sentía agotada.
—Melba, descansa. No te preocupes por nada, esta es tu casa ahora.
Melba la tomó de la mano, llena de ternura.
—Señora Nanette...
—Solo dime Nanette, Melba.
—No —se negó ella rotundamente—. De ninguna manera. Usted es mi salvadora y mi jefa. De ahora en adelante, le diré señorita.
—Señorita, mientras yo tenga vida, la voy a cuidar.
Nanette no tuvo más remedio que dejarla hacerlo a su modo.
De pronto, Melba recordó algo.
—Señorita, hay algo que no le he querido decir porque tenía miedo de que hiciera un coraje y le hiciera daño al bebé.
Nanette sonrió con tranquilidad.
—Después de aguantar a la familia Godoy todos estos años, no creo que haya nada que me pueda sorprender.
—Hace tiempo, sin querer, escuché una conversación entre Anatolia e Ivón. Anatolia decía que la familia Camoso cada vez tiene más poder, y que la señora Yolanda es la única que está a la altura de los Godoy. Según ella, como Martino ya murió y ahora Yolanda está esperando un hijo de Galileo, lo mejor sería dejar que ellos dos se queden juntos.
Al escuchar eso, Nanette no sintió absolutamente nada; solo esbozó una sonrisa irónica.
—Ya lo sabía.
Incluso si Anatolia no lo hubiera dicho en voz alta, Nanette ya sabía perfectamente lo que tramaban.
—Señorita —dijo Melba, con evidente preocupación—. Yo sé que la están presionando para que sea usted quien pida el divorcio y se vaya con las manos vacías, o para buscar cualquier pretexto y correrla de la casa. Así que tiene que tener mucho cuidado, no vaya a caer en su trampa.
—En estos tres años que lleva con la familia Godoy, yo vi cómo se desvivía por el señor Galileo y cómo se tragaba su orgullo para darle gusto a Anatolia y a las demás.


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