El reporte médico del día anterior era la prueba perfecta.
Aunque Galileo hubiera visto con sus propios ojos que Yolanda había mentido, ¿qué importaba?
Con solo ver la cara de triunfo que Yolanda traía hoy, quedaba claro que Galileo ni siquiera se había atrevido a llamarle la atención.
A Camila se le ocurrió una idea.
—¿No has estado sospechando que ese niño no es de Galileo? ¿Y si buscamos la forma de hacerles una prueba de ADN a escondidas?
—Si los resultados confirman que el mocoso no es suyo, ¡este teatrito se pondría buenísimo! Toda la familia Godoy sería el hazmerreír de San Lirio.
La verdad era que Nanette ya lo había considerado.
Incluso lo había consultado en secreto con un doctor.
Pero el médico le advirtió que no era recomendable hacer pruebas de ADN con cabello en niños menores de seis años. Como sus folículos aún no estaban completamente desarrollados, cabía la posibilidad de que no se pudiera extraer suficiente material genético.
La mejor opción era conseguir una muestra de sangre.
Sin embargo, Nanette también estaba a punto de ser madre. Le parecía inhumano lastimar a un niño para sacarle sangre.
Galileo entró a la habitación y, al ver a Nanette con los ojos hinchados y rojos, sintió una punzada de culpa.
—Creo que sí es mejor que te vayas a casa de tus papás unos días. Así evitamos más pleitos y le das tiempo a mi abuela de que se le baje el coraje. Ya que las cosas estén más tranquilas, regresas.
Galileo le extendió una tarjeta de crédito.
—¿No decías que querías salir de viaje? Si no te sientes a gusto en casa de tus papás, vete a distraerte un rato. Quédate con esta tarjeta, puedes gastar lo que quieras.
—Eso sí, no te pases de la raya. Acuérdate de que en unos días es la subasta de caridad y tienes que acompañarme.
Nanette tomó la tarjeta sin dudarlo.
Sería una estupidez no gastarse el dinero de Galileo.
Apenas agarró el plástico, él volvió a hablar.
—Mejor vete de una vez. Los invitados ya casi llegan.
A Nanette se le escapó una risa amarga. Era la esposa de Galileo, y aun así la hacían a un lado como si estorbara.
Pero a esas alturas, ya nada le importaba.
—Está bien.
Nanette se levantó de inmediato, agarró su bolsa y caminó hacia la salida.
Justo cuando llegó a la puerta, escuchó la voz titubeante de Galileo a sus espaldas.
—Nanette...
Ella se detuvo y, sin voltear a verlo, respondió:
—¿Qué pasa?



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