Iris le respondió con una seriedad que rayaba en lo solemne:
—Llamarla señorita Larco me parece lo más correcto.
A pesar de que Nanette trabajaba en el departamento de tecnología y técnicamente no tenía un cargo de directora o gerente, Iris sabía perfectamente que no debía tratarla como a cualquier otra empleada.
Primero, porque el talento y las habilidades de Nanette estaban a años luz del resto de la empresa. Y segundo, porque el trato que recibía por parte del señor Cortés era, a todas luces, un privilegio único y exclusivo.
Nanette no quiso darle más vueltas al asunto.
Si a Iris le nacía llamarla así, que lo hiciera.
De camino a casa, mientras el auto avanzaba por las calles, Nanette reconoció la zona. Fue entonces cuando recordó que el campus de la USL estaba a un par de cuadras de ahí.
No había vuelto a pisar su alma máter desde el día de su graduación.
Como dicen por ahí: «Ya entrados, pues de una vez». Decidió pedirle al chofer que se detuviera para echar un vistazo.
Sin embargo, el guardia de la entrada le cortó el paso.
Por más que Nanette trató de explicarle que era una exalumna, el guardia se mantuvo firme en su negativa.
Estaba a punto de darse la vuelta y volver al auto cuando escuchó que la llamaban.
—¿Nanette?
Se giró y sus ojos se iluminaron de alegría.
—¡Profesora Eva!
Una mujer que rondaba los cincuenta años, con la mitad del cabello teñido de blanco y un aura profundamente amable, se acercó a paso apresurado.
—¡Eres tú! Por un momento pensé que me estaba traicionando la vista. ¡Mírate nada más! Los años no pasan por ti, estás cada vez más hermosa.
La profesora Eva no solo había sido la tutora de Nanette durante la carrera, sino que era una eminencia respetada en la comunidad de TI a nivel nacional.
Cuando Nanette se topaba con algoritmos imposibles o códigos indescifrables, acudía a ella en privado.
Siempre habían mantenido el contacto, aunque rara vez coincidían en persona.
Aun así, el cariño y la admiración mutua seguían intactos.
En cada fecha importante o festividad, Nanette siempre le mandaba sus mejores deseos.
En más de una ocasión había querido enviarle un regalo costoso, pero sabía que la profesora era una mujer de convicciones firmes que detestaba los lujos y las adulaciones.

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