Yolanda se contoneó con coquetería, fingiendo pudor.
—¡Ay, qué cosas dices! Claro que no.
Galileo bajó la voz, usando su tono más persuasivo.
—Mañana es un día pesado. Tienes las pruebas del vestido de novia y necesitas dormir bien para recargar energías. Si no descansas, mañana amancerás con la carita hinchada y no te vas a ver linda.
Al escuchar eso, Yolanda entró en pánico.
—¡Tienes toda la razón! Debo dormir mis ocho horas completas, no quiero arruinar las fotos con las ojeras.
Galileo le sostuvo el rostro entre las manos y depositó un beso casto en su frente.
—Qué buena chica. Descansa.
Tras haberla dejado contenta, salió de la habitación. Apenas cerró la puerta de la suya, sacó el teléfono y marcó el número de su asistente.
—Silvio, ve a la USL. Quiero el expediente completo de Nanette Larco. Lo quiero para ya.
—Entendido, señor Godoy.
Tras colgar, Galileo encendió un cigarrillo.
Las palabras de Nanette seguían haciendo eco en su cabeza. Desde que los ingenieros clave de su empresa habían renunciado para irse a Nube Alta, todo parecía haber tomado un rumbo extraño y caótico.
¿Había alguna conexión oculta entre esa mujer y la caída de su imperio tecnológico?
Al sentirse rodeado de un mar de incertidumbre y frustración, su mente voló hacia Irene de manera instintiva.
Cuando ella contestó, su voz sonaba un tanto ronca.
—¿Galileo? ¿Aún despierto?
Galileo le dio una profunda calada al cigarrillo.
—Sí, acabo de llegar. ¿Tú ya estabas dormida a esta hora?
—Sí, estaba un poco agotada, quise descansar temprano.
—Entiendo.
—¿Se resolvieron los problemas?
—Sí, se resolvieron.
—Qué alivio... Lamento mucho haberte metido en problemas.
Galileo cambió de tema rápidamente.
—¿Qué tal el nuevo lugar? ¿Ya te adaptaste?
—Es cómodo. Aunque es demasiado grande para mí. Siempre estuve acostumbrada a vivir en lugares pequeñitos.
Era un espacio inmenso, silencioso y lleno de un vacío que reflejaba lo que sentía por dentro.
—Esa zona es muy bonita y sobre todo, muy tranquila —respondió él—. Es perfecta para vivir.

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