Galileo se tomó su tiempo antes de hablar.
—Hoy te ves muy hermosa.
—¡Yo me veo hermosa todos los días! —replicó Nanette sin dudarlo.
Galileo esbozó una media sonrisa.
—¿Vas a decirme de una vez cuántas cosas más me estuviste ocultando en el pasado?
Nanette ladeó la cabeza, mirándolo con desdén.
—¿Acaso te lo oculté, o es que tú nunca tuviste el menor interés en saberlo?
Galileo se quedó sin palabras. No supo qué decir.
Era verdad. Porque él jamás quiso enterarse. Cuántas veces ella había intentado sacarle plática, compartirle su día, y él simplemente la había despachado con frialdad.
—Jamás imaginé que hablaras francés.
Nanette dejó escapar una risa burlona.
—Me gradué de la USL y mantuve la beca de excelencia todos los años. ¿Qué tiene de raro el francés? Mi inglés y mi japonés son aún mejores.
La expresión de Galileo se tensó al instante.
—¿Qué estudiaste exactamente?
—Adivina —lo provocó ella.
Galileo la repasó de arriba a abajo.
—Deja los jueguitos. Aunque no me lo digas, puedo averiguarlo.
Solo que antes, jamás se le cruzó por la cabeza investigarla. Porque ella le importaba un rábano.
Nanette no tenía intención de seguir ocultándolo, pero tampoco iba a darle el gusto de ponérselo fácil.
—Pues ve y averígualo tú mismo.
—Una última pregunta —dijo Galileo, y su tono denotaba una creciente frustración. Esa mujer se mostraba tan reacia que lo sacaba de quicio—. ¿Por qué entraste a trabajar en Nube Alta? ¿No sabes que son mi competencia directa?
La mirada de Nanette se volvió témpano de hielo.
—Ya estamos divorciados. Adónde voy o qué hago no es de tu incumbencia. Y te aclaro algo: no soy tan arrastrada como crees. Tu familia me humilló y me echó a patadas de su casa, ¿y todavía esperas que tome en cuenta tus sentimientos?
Galileo tragó saliva y suspiró levemente.
—Entonces... ¿lo haces para vengarte de mí?
—Al principio lo pensé, pero ahora ya me da igual —respondió Nanette con frialdad—. Porque me di cuenta de que no vales la pena.

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