La habitación se llenó de respiraciones entrecortadas y de ese calor que no se explica, solo se siente.
Una hora más tarde.
Galileo bajó las escaleras de la mano de Yolanda.
Traía las mejillas encendidas y una felicidad que se le notaba hasta en la forma de caminar. Al verlos, Anatolia sonrió complacida.
—Vaya, ya ven, así son las parejas: se pelean y al rato se les pasa. Entre ustedes no vale la pena hacer más grande el pleito.
Yolanda se sonrojó aún más.
—Abuela, Gali y yo aún no nos casamos.
—Yolanda, cariño —la consoló Anatolia—, esta vez Galileo se equivocó. Sé que te sentiste herida, pero ten por seguro que cuando te unas a la familia Godoy, esto no volverá a pasar. Mientras yo esté aquí, nadie te hará sufrir.
Yolanda se recargó en el hombro de Galileo, buscando protección.
—Lo sé, abuela. Sé que usted me adora.
—He estado pensando algo... —interrumpió Luis de pronto—. ¿Es posible que esa mujer haya enviado la foto a propósito?
Galileo frunció el ceño casi imperceptiblemente al escuchar eso.
A Anatolia casi se le había borrado esa mujer de la memoria. Se quedó unos segundos procesando.
—¿Hablas de Nanette?
—¿No le parece posible, señora Anatolia? —preguntó Luis.
Anatolia reflexionó.
—Tiene sentido. Nanette es la que más los odia a ti y a Galileo. Sabiendo que se van a casar, seguro armó este teatrito para separarlos.
La mirada de Luis se volvió gélida.
—Tiene que ser ella. Se nota que no le dimos una lección lo suficientemente dura.
Galileo sintió una punzada de alarma.
—Sue... Papá. Yolanda y yo estamos por casarnos. Lo mejor es no revolver más las cosas. Además, ella ahora cuenta con la protección del director Quintín. Mejor evitar problemas.
Anatolia hizo una pausa.
—¿Protección del director Quintín? ¿De qué hablas?
—La adoptó como su ahijada. Lo quiere muchísimo. Me enteré el día que fui a dejarle los tés.
—¿Y por qué no me lo dijiste? —le reprochó Anatolia, visiblemente molesta.

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