La intención original de Yolanda era marcharse rápido del club Cúpula Noir.
Si Galileo se enteraba de que había ido hasta ahí para espiarlo, sin duda se pondría furioso.
Sin embargo, al darse la vuelta, se encontró de frente con él.
Su rostro era una máscara de pura indignación.
—¿Me estás siguiendo?
Yolanda se mordió el labio, sin saber qué responder.
La razón por la que había ido al club era porque una amiga que estaba allí de fiesta le avisó que había visto a Galileo con una mujer muy hermosa, en una actitud bastante comprometedora.
Su amiga incluso le había enviado una foto.
Lamentablemente, solo se veía la espalda de la mujer y la imagen era muy borrosa. Pero, por la silueta, se parecía muchísimo a Nanette.
Por eso, Yolanda no dudó ni un segundo y salió volando hacia el lugar.
Quería ver con sus propios ojos si era esa zorra de Nanette la que intentaba seducir a su Gali, o si se trataba de alguna trepadora del club que quería salir de pobre.
Pero en ese instante, se arrepintió profundamente de su impulsividad.
Sabía perfectamente qué era lo que más detestaba Galileo.
Sin atreverse a sostener la mirada colérica de su prometido, murmuró con voz temblorosa.
—Gali, escúchame, te lo puedo explicar...
Los labios apretados de Galileo se relajaron un poco.
—Yolanda, me decepcionas demasiado.
Sin decir más, dio media vuelta y empezó a caminar.
Desesperada, Yolanda corrió y lo abrazó por la espalda, rompiendo en llanto.
—Perdóname, Gali, no lo hice a propósito. Es que tenía mucho miedo...
—Una amiga me dijo que te vio aquí muy acaramelado con otra mujer... yo...
—¡Llevas dos días sin venir a la casa, y como no lograba contactarte, me sentí tan insegura! Por eso vine...
Galileo le apartó las manos con brusquedad y se giró para enfrentarla.
En sus ojos ya no quedaba ni una pizca de ternura; solo frialdad y fastidio.
—La mujer que vio tu amiga es una de mis clientas más importantes. Hoy la traje al club más exclusivo de San Lirio para que se relajara un poco.
Yolanda lo miró, aún dudosa.
Galileo sacó su teléfono del bolsillo.
—Si no me crees, la llamo ahora mismo para que ella te lo explique.
Yolanda estuvo a punto de decir que sí.
Pero Galileo añadió: —Sin embargo, piensa muy bien en las consecuencias que tendrás que asumir si, por tus celos enfermizos, terminas ofendiendo a una de las mejores clientas de mi empresa.
La advertencia fue suficiente para que Yolanda se tragara sus dudas al instante.

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