—Creo que pasaré esta vez, prefiero concentrarme en prepararme para la competencia —respondió Nanette.
—Me parece perfecto. Prepárate al máximo y llévate ese primer lugar. Así Galileo Godoy podrá verte en persona parada en el podio de los ganadores.
Nanette esbozó una sonrisa.
En realidad, no lo hacía por darle una lección a Galileo, sino por ella misma.
Para hacer realidad, paso a paso, los sueños que siempre había tenido.
—Oye, mañana es fin de semana —agregó Camila—. ¿Me acompañas a dar una vuelta por el centro comercial? Tengo ganas de comprarme algo de ropa. He estado tan enterrada escribiendo código que hace siglos no salgo a distraerme.
Nanette aceptó encantada.
...
La madera de la más alta calidad, con su característico tono dorado y vetas que brillaban bajo la luz como hilos de oro, adornaba el lugar.
Era un material sumamente exclusivo.
Pero en La Finca Cortés, parecía estar por todas partes.
El nivel de lujo era evidente en cada rincón.
Sobre la mesa descansaban varias fotografías.
Noel les echó un vistazo y su expresión se tornó seria.
Joaquín Cortés mantenía un tono calmado y un semblante impasible, pero sus palabras tenían un peso que helaba la sangre.
—Te estás excediendo.
Las dos personas en las fotos eran, indiscutiblemente, Noel y Nanette.
En dos de las imágenes se los veía abrazados.
Aunque en aquel momento ese abrazo había sido completamente inocente, un simple gesto de apoyo y motivación.
Joaquín sabía que cualquier explicación ahora sería inútil.
—Por lo visto, de verdad te gusta esa mujer.
Como hombre con experiencia, Joaquín podía distinguir perfectamente el cariño y la ternura que brillaban en los ojos de su hijo en aquellas imágenes.
Noel recogió las fotos una por una, las apiló y se las guardó en el bolsillo.
—Tienen buen encuadre.
La mirada de Joaquín se volvió tan aguda como un cuchillo.
—¿Ya olvidaste lo que hablamos la última vez?
Noel guardó silencio.
Joaquín lo observó fijamente durante un largo momento.

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