Al salir de la casa de sus padrinos, Nanette se sentía muy mortificada.
Especialmente porque nunca le había dicho a Noel que el hijo no era de Galileo.
Él siempre había sido sincero y la había apoyado, pero ella le estaba ocultando cosas importantes, y eso no le parecía justo.
Pero la situación era demasiado...
Nanette finalmente reunió valor y rompió el silencio.
—Lo siento.
Noel detuvo sus pasos, manteniendo una expresión tranquila.
—¿Mhm? ¿Por qué te disculpas?
—No debí ocultártelo.
—Hiciste bien en no decírmelo. Un asunto así de delicado, mientras menos personas lo sepan, menos problemas tendrás.
Nanette soltó un suspiro de alivio.
Él era verdaderamente comprensivo y tenía una lógica tan madura que resultaba admirable.
—Como no decías nada, pensé que estabas molesto.
Los labios de Noel dibujaron una leve sonrisa.
—Parece que te importa mucho si me molesto o no.
Nanette respondió de inmediato.
—¡Por supuesto! No quiero que te enojes.
—¿Por qué?
—Porque...
Cuando se topó con esa mirada, a Nanette se le desordenó el pensamiento y se le calentó la cara.
—Porque... somos buenos amigos. Y entre buenos amigos, uno siempre quiere que el otro esté bien.
Un destello indescifrable pasó por los ojos de Noel.
—Claro, amigos...
Caminaron juntos hasta el estacionamiento y, justo antes de despedirse, Noel habló con un tono de duda.
—¿Alguna vez has pensado en...
Nanette lo miró con curiosidad.
Era raro verlo dudar antes de hablar. Le sonrió con suavidad.
—¿Qué pasa? ¿Qué querías decirme?
—¿Alguna vez has pensado en contarle sobre el embarazo al padre biológico del bebé?
Nanette lo miró fijamente y sus ojos se quedaron estáticos por unos segundos.
—Lo he pensado, pero...
Dejó escapar una sonrisa resignada.
—Si se lo digo, probablemente le volteo la vida. Ya bastante hice con haber usado su material por accidente.

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