Empezó a dudar de sus propios sentimientos desde el principio.
Cuando quería desesperadamente a Yolanda, ¿de verdad era porque la amaba?
¿O solo era orgullo herido, la terquedad de alguien que no soporta perder lo que un día dio por sentado?
Yolanda salió de la habitación.
Anatolia le sonrió:
—¿Escuchaste todo?
Yolanda se recargó en su hombro, muy mimada.
—Sí, escuché todo.
—¿Ya te quedaste más tranquila?
—Ya estoy más tranquila.
Anatolia le dio unas palmaditas en la mano, tan cariñosa como si fuera su propia abuela de sangre.
—Ay, mi niña, ya no te hagas ideas raras. Tú eres la mujer que Galileo más quiere y le has dado mucho a la familia Godoy. ¿Cómo crees que va a dejar de quererte?
Yolanda hizo un puchero.
—Es que sentía a Galileo muy cortante últimamente, por eso pensé que...
—Es porque trae mucha presión en la oficina —la interrumpió Anatolia—. Ahorita trae encima lo de la nueva planta de producción y, para colmo, tiene que lidiar con la competencia del tal Noel ese.
»Claro que está estresado, así que tienes que ser comprensiva con él, ¿verdad?
Yolanda agudizó la voz para sonar más dulce.
—Ya sé, abuela. Fue mi error, no debí armarme películas en la cabeza.
Todo parecía una estampa de paz y armonía familiar.
—Yolanda, te doy mi palabra —prometió Anatolia—. En cuanto les entreguen el acta de divorcio, hago que Galileo se case contigo.
A Yolanda le volvió la ansiedad.
—Abuela, ¿y si Gali se echa para atrás?
Anatolia frunció el ceño.
—No va a tener oportunidad de arrepentirse. Ya moví mis influencias, su trámite de divorcio se va a aprobar rapidísimo. En cuanto le den luz verde, les entregan los papeles y listo.
Yolanda abrazó a Anatolia, que no cabía de la emoción.
—¡Gracias, abuela! Eres un ángel conmigo. Y no te preocupes, yo hablo con mi papá para que mueva sus hilos y tu clínica de belleza vuelva a abrir lo más pronto posible.
Mientras tanto, del otro lado, la mano de Galileo apretaba cada vez más fuerte la perilla de la puerta.
Vaya.
Si no se le hubiera olvidado algo y no hubiera regresado, se habría perdido de esa plática tan reveladora.
Resultaba que no era el único.
Todos estaban moviendo sus fichas.
Todos tenían sus propios intereses.

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