Galileo le levantó la barbilla con un dedo.
—Dime la verdad.
Irene soltó un ligero suspiro.
—Galileo, haz como si no supieras nada. Finge que es solo un cliente más. Yo aquí estoy trabajando, y me toca aguantar lo que me toque. Tuve la suerte de contar con tu apoyo y por eso me va mejor que a las demás muchachas, pero no puedo abusar de tu poder y olvidar cuál es mi lugar.
—Ni siquiera le tomé importancia. Galileo, no te sientas mal por esto. Lo que pase aquí, me lo trago y ya.
Irene se acurrucó lentamente en el pecho de Galileo y continuó:
—No te lo dije porque es el papá de Yolanda. A ti te gusta ella, y si te metes en problemas con su papá, ¿qué va a hacer ella? Estar en medio de los dos sería muy difícil.
Esas palabras le dejaron un sabor amargo a Galileo.
Apretó los brazos, abrazándola con fuerza.
—A estas alturas, eres la única que siempre piensa en mí.
Una llamada de Ivón interrumpió el momento íntimo.
Galileo miró la pantalla del celular y frunció aún más el ceño.
Contestó de mala gana.
La voz de Ivón sonó desesperada.
—Galileo, ¿dónde andas? Ven rápido a la casa. Tu abuela se siente mal, ¡apúrate!
Al colgar, no había ni una pizca de preocupación en el rostro de Galileo.
Se levantó sin prisa y se arregló la ropa.
—Ya me voy. Le diré a Silvio que arregle lo de la florería lo más pronto posible. Y sobre este lugar, hablaré con el gerente para que te deje ir.
Irene lo vio marcharse y la dulzura en sus ojos se desvaneció poco a poco.
Al llegar a casa, Galileo se topó de frente con el médico familiar que ya iba de salida.
—¿Cómo está mi abuela? —preguntó Galileo.
—Doña Anatolia solo hizo un coraje muy fuerte —explicó el doctor—. Con un poco de descanso estará bien. La señora se preocupó de más, pero la verdad es que está más sana que nunca.
Galileo asintió con indiferencia.

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