La luna brillaba en lo alto de la noche despejada.
Él se quedaba serio, con esa mirada que no decía nada y aun así lo decía todo. Se perdía entre las sombras, pero igual se sentía que estaba ahí, como si el aire cambiara.
Venancio se acercó con las manos en los bolsillos.
—Oye, eso de llegar a salvarla… ¿por qué me aventaste a mí? Ahora va a creer que yo fui el que se rifó por ella.
La mirada de Noel seguía fija en el lugar por donde la silueta de la chica había desaparecido.
—Con lo del collar de la otra vez, ella ya siente que me debe un favor enorme. Era obvio que no iba a dejar que yo me metiera a ayudarla en esto.
Por eso no le quedó más remedio que usar a Venancio como fachada.
Al ofrecerse como socio inversionista, lograría darle el dinero sin que ella sintiera el peso de la deuda, resolviendo su problema al instante.
—Pues viéndolo así, no te va a deber ni las gracias.
Noel desvió la mirada.
—Nunca he buscado que se sienta en deuda conmigo.
Venancio sintió una punzada de extrañeza, pero se la guardó.
—¿Y de dónde sacaste la idea de meterla al torneo?
Noel guardó silencio unos segundos antes de responder con calma.
—Ese torneo de inteligencia artificial es de los más importantes del mundo ahorita.
—Ella se pasó tres años opacada por los Godoy; en la industria casi nadie sabe quién es. Si logra destacarse en esta competencia, ganará el reconocimiento que necesita. Será el empujón perfecto para impulsar su carrera de verdad.
Venancio dejó escapar una leve sonrisa.
—No me engañas, dudo que sea solo por su carrera. Lo que de verdad quieres es que Galileo vea con sus propios ojos que la mujer a la que trató como basura, es en realidad la genio informática que lleva tanto tiempo buscando... y que ahora le queda lejísimos, fuera de su alcance.
La voz de Noel sonó baja, pero firme.
—Ya va siendo hora de que ocupe el lugar que siempre le ha pertenecido.
Para cuando Galileo llegó al bar Cúpula Noir, Irene ya tenía la herida limpia y curada.
Era un golpe en la comisura del labio.
Estaba clarísimo que alguien se lo había dado a propósito.
Galileo le echó un vistazo rápido, pero no parecía sentir mucha lástima por ella.

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