—Irene los vio por pura casualidad y me mandó un mensaje —aclaró Noel.
Nanette cerró los ojos por un segundo.
—Quién lo diría... me terminó salvando la amiga íntima de Galileo. Qué ironía de la vida.
Al abrir los ojos de nuevo, notó por primera vez la herida en la boca de Noel.
—¿Qué te pasó en el labio?
Noel, visiblemente incómodo, apartó la mirada y cambió de tema.
—¿Tienes hambre? ¿Quieres que pida algo de comer?
Pero Nanette no estaba dispuesta a dejarlo pasar.
—¿Te golpearon?
¿Acaso se había lastimado intentando protegerla?
Aquel hombre, que siempre irradiaba una confianza inquebrantable, ahora parecía un niño asustado al que acaban de regañar, con tantas ganas de salir huyendo que daba ternura.
—¿Noel?
Él tosió un par de veces para disimular. —No es nada.
—Estás actuando muy raro. ¿Te sientes mal?
Mientras decía eso, Nanette extendió la mano con preocupación y le tocó la mejilla.
—Tienes la cara muy caliente. ¿Tienes fiebre?
Noel se hizo hacia atrás de golpe, esquivándole la mano como si le quemara.
Solo él sabía el verdadero infierno que esas mismas manos le habían hecho pasar apenas un par de horas atrás.
Por poco y...
Menos mal que había logrado frenar a tiempo.
Jamás se habría perdonado aprovecharse de ella en ese estado.
Sin embargo, la sensación de sus labios y sus lenguas entrelazadas seguía rondando en su cabeza, negándose a desaparecer.
El simple hecho de recordar la intensidad de lo que pasó en el auto hizo que Noel se sintiera aún más incómodo.
Su único consuelo era que Nanette había olvidado por completo todo ese episodio.
Si llegara a recordarlo, no estaba seguro de si su amistad podría sobrevivir a la vergüenza.
Afortunadamente, el médico entró en ese preciso momento, salvándolo del apuro.
De lo contrario, Noel no hubiera sabido dónde esconderse.
El médico traía buenas noticias.
—Por suerte, la dosis del narcótico fue muy baja. El ultrasonido muestra que el embrión está en perfectas condiciones, así que no debería haber ninguna complicación para el bebé.

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