Una mujer de rostro afable estaba sentada en un banco.
Su expresión era tranquila; a simple vista, parecía una persona común y corriente.
Sin embargo, su mirada estaba vacía y apagada, clavada en un punto fijo en la nada.
A pesar de sus canas y de su semblante demacrado, no podía ocultar un aura de elegancia natural.
Sus facciones eran finas y bien definidas; era evidente que en su juventud había sido una mujer sumamente hermosa.
La dueña de la casa miró a Nanette y no pudo evitar comentar:
—Se parecen mucho ustedes dos.
Aquellas palabras parecieron tener algún tipo de magia, pues hicieron que la mujer que había estado paralizada volteara lentamente.
Con lágrimas en los ojos, Nanette se acercó. Abrió la boca, sintiendo un nudo en la garganta, y logró forzar una sola palabra:
—Mamá.
Un brillo fugaz cruzó los ojos de la mujer, y su mirada comenzó a explorar el rostro de Nanette con detenimiento, como si buscara algo sumamente preciado.
Nanette, llena de emoción, le tomó la mano.
—Mamá, soy yo, tu hija de verdad. Soy Nan...
No, ella no se llamaba Nanette.
Ese era el nombre que Eloísa le había puesto.
Cuando se la arrebataron a su madre, ni siquiera tenía nombre.
Así que, ¿cómo iba a saber su mamá quién era Nanette?
El brillo en los ojos de la mujer desapareció rápidamente. Volvió a girar la cabeza, quedándose en absoluto silencio.
La dueña de la casa suspiró al explicar:
—En todos los días que lleva aquí, no ha dicho ni una sola palabra. Lo único que hace, aparte de comer y dormir, es quedarse ahí sentada mirando a la nada. Traté de sacarla al sol un rato, pero no quiso por nada del mundo.
Nanette comprendió entonces por qué el niño la había llamado "mudita".
—Gracias por cuidar de mi madre.
La señora de la casa se dio la vuelta con desinterés.
—Ya se la pueden llevar. Ya es tarde y nosotros también tenemos que descansar.
Nanette intentó tomar de nuevo la mano de su madre.
Pero esta vez, ella se apartó.
Ante el miedo de que obligarla pudiera causarle un ataque de ansiedad, Nanette se sintió desesperada sin saber qué hacer.
Noel se inclinó, tomó suavemente la mano de Candela y le dijo con voz dulce:
—Candela, ya es hora de ir a casa, Ximena vino a recogerte.
Candela se quedó quieta un segundo y, para sorpresa de todos, se levantó despacio.

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