La mano de Noel se posó en la nuca de Nanette y, con un suave tirón, la atrajo hacia su pecho.
El olor de él la aterrizó al instante; en sus brazos, el pánico se le fue bajando como si por fin pudiera respirar.
Las lágrimas de Nanette no dejaban de caer sobre el costoso abrigo.
A veces, el llanto silencioso era el que más desgarraba el alma.
Nanette lloraba como si se le hubiera acabado el aire, como si por fin se le rompiera todo lo que venía aguantando.
Cuando se cansó de llorar, Nanette se apartó del abrazo de Noel.
Se limpió las lágrimas ella misma y, con la voz ronca, le preguntó:
—¿Qué haces aquí?
Noel abrió la maleta que tenía a sus pies y sacó una prenda. Era una chamarra ligera.
—Quítate ese abrigo y ponte esto.
Nanette le hizo caso y, mientras se quitaba la ropa, preguntó:
—¿Viniste desde tan lejos solo para traerme una chamarra?
—Sí, Camila me dijo que andabas muy desabrigada y le dio pendiente que te enfermaras. Me mandó a ver cómo estabas.
—¿Y cómo llegaste?
—En avión.
—Pero ni en avión se llega tan rápido, apenas platiqué con Camila hace unas dos horas.
—Fue en un vuelo privado.
Nanette se quedó pasmada.
—¿Rentaste un avión entero?
—Sí.
Sintió un vuelco en el corazón. Una sensación cálida la invadió.
¿Acaso la nueva chamarra ya estaba haciendo efecto?
En ese espacio cerrado, el ambiente se volvió un poco extraño.
Por eso, Nanette intentó romper el hielo con una broma.
—Por un momento pensé que ibas a caer en helicóptero, así de telenovela.
En cuanto soltó eso, sintió que la situación se ponía aún más incómoda.
Menos mal que Noel se mantuvo de lo más tranquilo.
—Rentar un avión es mi límite.
Nanette soltó una carcajada.
—Es broma.
—Aunque la verdad sí tengo un par de aviones —comentó Noel.
Nanette se quedó con la boca abierta.
—¿Tienes aviones? ¿Y varios?

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