Ximena negó con la cabeza.
—Cuando llegó, casi no traía nada. La ropa, la comida y todo lo que usaba se lo dábamos aquí en la clínica, así que no dejó pertenencias personales.
—¿Podría hablar con la persona que la cuidaba?
—Cuando Candela falleció, su cuidadora renunció y se fue.
Nanette se quedó en la habitación un largo rato.
Era como si quisiera impregnarse del rastro que su madre había dejado en ese lugar. Por más que pasaba el tiempo, no quería irse.
Finalmente, Ximena tuvo que intervenir.
—El señor necesita descansar, creo que es mejor que salgamos.
No le quedó de otra más que acceder.
Cuando Ximena tuvo que retirarse para atender otros asuntos, Nanette, aún renuente a aceptar la realidad, les preguntó a varios empleados más.
Todos los que recordaban a Candela le confirmaron lo mismo: había fallecido.
La última chispa de esperanza se apagó por completo.
Al subir a su carro y cerrar la puerta, Nanette dejó caer la cabeza sobre el volante y rompió en llanto. Las lágrimas salían sin control.
No supo cuánto tiempo estuvo así, hasta que sintió que la cabeza le daba vueltas y se obligó a calmarse.
Esa mañana, Melba había sido tan linda que le preparó unos recipientes con comida para el viaje.
Nanette abrió la lonchera.
La comida seguía caliente.
Pero se le había cerrado el estómago. Aun así, sabía que tenía que obligarse a probar un bocado.
Durante el viaje de ida, venía fantaseando con que, al nacer su bebé, por fin tendría una abuela que lo quisiera.
Pero ahora...
Nanette masticó un par de veces, pero le fue imposible tragar más y volvió a guardar todo.
Descansó unos minutos y encendió el motor para emprender el regreso a San Lirio.
Si la carretera estaba tan libre como en la mañana, no llegaría tan tarde a casa.
Para ese momento, ya empezaban a caer unas cuantas gotas de lluvia en el parabrisas.
Nanette miró la residencia por última vez, sintiendo que dejaba un pedazo de su corazón ahí, y arrancó.
***
Para cuando recibió la llamada de Camila, el carro de Nanette llevaba casi una hora atascado en el mismo lugar.
A la mala entendió que por algo le habían advertido.
El aguacero había provocado un deslave masivo en el cerro. Era imposible avanzar, e igual de imposible echarse en reversa. Lo único que le quedaba era esperar.
—¡No manches! —exclamó Camila, caminando en círculos por la desesperación—. ¿Y qué vas a hacer? No puedes quedarte ahí metida. Ya casi anochece y hace un frío espantoso, te me vas a enfermar.

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