Galileo se quedó helado, sin saber qué responder por un momento.
Nanette resopló con frialdad.
—¿No quieres admitirlo o no te atreves?
Galileo le dio una calada profunda a su cigarro.
—¿Estuviste espiando mi plática con Yolanda?
A Nanette se le endureció la mirada.
—¿Hacía falta espiar? Estaban platicando a la vista de todos.
—Ese día solo hablé por hablar.
—Pero era lo que de verdad pensabas.
Nanette levantó la vista y miró el cielo.
Estaba nublado; en un parpadeo, el invierno ya se había instalado.
Últimamente el frío se le metía hasta el alma.
—Galileo, sabía que eras una basura, pero nunca imaginé que cayeras tan bajo. Con tal de quedarte con el Grupo Larco, te importó un carajo una vida humana.
El rostro de Galileo se ensombreció.
—¡Nanette! Sé que la muerte de tu padre te pegó muy duro, ¡pero no tienes por qué echarme la culpa a mí!
—¿Acaso si yo no hubiera dicho eso, tu padre no se habría muerto? Tal vez ya le tocaba, eso no es algo que ninguno de nosotros pueda controlar.
—Sí, tienes razón —dijo Nanette—. Tal vez ya le tocaba a mi padre, pero el que le dio el empujón final fuiste tú.
—¡Yo no fui! —le gritó Galileo, perdiendo la paciencia—.
—Ya te lo dejé muy claro, toda la plática que tuve con tu papá ese día fue súper tranquila, ¡él no se alteró para nada!
—¡Quién iba a pensar que le pasaría algo al regresar a su cuarto!
—¡Igual y algo más lo alteró cuando volvió y por eso se puso mal!
Nanette lo miró con indiferencia, sin decir ni media palabra.
La credibilidad de Galileo ante ella ya era nula.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: No recogí amor basura: divorcio embarazada, el CEO me coronó