Era lógico que Guillermo hubiera elegido un lugar tan lejos de San Lirio para no levantar sospechas y evitar que Eloísa la encontrara.
Nanette guardó la ubicación en su celular, rompió el papelito en pedazos y lo tiró a la basura.
Hasta entonces, tuvo cabeza para revisar qué más había en la caja.
Con razón pesaba tanto.
Estaba llena de toda clase de joyas y alhajas.
Eran las cosas que Guillermo había ido comprando para ella en secreto a lo largo de los años. Como sabía que Eloísa pegaría el grito en el cielo, las había estado guardando en esa caja de seguridad.
Debajo de las joyas, había un montón de fotografías.
En todas salía Nanette sola.
Se notaba a leguas que el que había tomado las fotos no era precisamente un experto.
En varias, su cara salía toda borrosa.
Atrás de cada foto venía anotada su edad.
Un año, dos años, tres años... y así hasta llegar a los veinticinco.
En la foto de los veinticinco años, Nanette salía con un vestido de novia blanco impecable.
Era del día que se casó con Galileo.
En la imagen, se la veía buscando a Galileo entre la multitud, con los ojos brillando de ilusión.
Nanette soltó una risita amarga.
¡Qué tonta fui!
Justo cuando iba a guardar las fotos, su mirada se quedó congelada.
En la imagen, además de ella, se alcanzaban a ver las siluetas borrosas de los invitados.
Pero una de esas figuras se le hizo súper conocida.
Ese perfil... se parecía muchísimo a alguien.
¿Era Noel?
Nanette sacudió la cabeza, espantando esa idea.
«Seguro ya estoy alucinando. ¿Cómo va a ser él?», pensó.
Hace tres años, él todavía estaba en Puerto Alba siendo el heredero millonario intocable, era imposible que anduviera por San Lirio.
Y mucho menos en su boda.
Al ver todas esas fotos, a Nanette se le hizo un nudo en la garganta.

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