Nanette se enderezó y parpadeó.
Parecía que ya se había quedado sin lágrimas; solo sentía que le ardían los ojos.
No era una alucinación, en verdad era él.
—¿Noel?
Noel levantó la mano y, con el pulgar, le limpió suavemente la lágrima del ojo.
—Lo siento.
Nanette no entendió.
¿Por qué le pedía perdón?
Todo ese relajo no tenía nada que ver con él; al contrario, él la había estado ayudando.
—Noel...
Nanette ya no pudo controlar los temblores.
—Me quedé sin papá...
Noel la abrazó con cuidado y le dio unas palmaditas lentas en la espalda.
—Guillermo no te ha dejado, solo cambió su forma de hacerte compañía.
Nanette sintió una enorme paz al escucharlo.
—¿De verdad?
La voz de Noel sonaba baja y muy suave.
La muerte no borra a quien amamos; solo cambia la manera en que se quedan con nosotros. Llóralo, pero no lo sueltes: tu papá sigue contigo, de otra forma.
—Siempre van a estar conectados. Dentro de muchas décadas, esa moneda va a dar la vuelta, y tú y Guillermo se van a volver a encontrar.
Camila se acercó, le acarició el cabello y le dijo con la voz cortada:
—Mi más sentido pésame, Nanette.
Venancio también traía un nudo en la garganta y había perdido todo su aire relajado de siempre.
—Nanette, tranquila. Guillermo ya no está, pero nos tienes a nosotros. De ahora en adelante, no vamos a dejar que la familia Godoy te vuelva a hacer menos.
Nanette se soltó del abrazo de Noel, respiró hondo un par de veces y trató de calmarse.
—Ahorita se me cruzaron los cables, actué por puro impulso y los metí en broncas.
Camila le dio un abrazo.
—No digas tonterías, ¡qué nos vas a andar metiendo en broncas! Al contrario, yo le traía ganas a esa vieja desde hace mucho y andaba viendo a qué hora le ponía en su madre.
—Aparte, yo también quería romperle la cara al mequetrefe de Galileo —agregó Venancio—. Ya me tenía hasta la madre.
Nanette se los agradeció de todo corazón.
—Gracias.
La muerte repentina de Guillermo le dejó muy claro a Nanette cómo era el mundo: cuando hay dinero todos son amigos, pero en las malas te quedas solo.

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