Anoche se le calentó la cabeza, y entre lo que Yolanda le decía y cómo lo tocaba, se le fue la voluntad por completo.
Sin embargo, pensando en la salud de Yolanda, Galileo solo quería llegar hasta cierto punto.
Pero nunca imaginó que Yolanda le haría...
Fue tan intenso que se le quedó metido en la piel, como un vicio.
Con solo recordarlo, se le encendió el cuerpo. Al terminar, Galileo pensaba irse a casa a descansar.
Pero de pronto le dieron ganas de ver al niño.
Así que se fue al hospital con Yolanda.
Y ahí fue cuando se toparon con Guillermo.
En ese momento, Yolanda todavía traía la mano en el brazo de Galileo, un gesto cariñoso que Guillermo notó a la perfección.
Guillermo no se enojó, solo le preguntó:
—Galileo, ¿podemos platicar un momento?
Galileo le dijo a Yolanda que se adelantara.
Guillermo también le pidió a su enfermero que se apartara.
Luego, los dos platicaron un rato.
Galileo recordaba muy bien lo que le había dicho Guillermo.
Le dijo:
—Al principio, cuando Nanette se iba a casar contigo, yo no estaba de acuerdo, pero ella me dijo que de verdad estaba enamorada de ti, a tal grado que no aceptaría a nadie más.
—Sé que no querías a Nanette, y que te casaste nada más por compromiso, pero, ¿sabes que eso fue una irresponsabilidad, tanto para ella como para ti?
—Galileo, Nanette ya me contó que firmaron los papeles del divorcio.
—Me da gusto que por fin supo cuándo detenerse y entendió que no tiene caso aferrarse a lo que no es suyo.
—Te agradezco mucho que hayas dejado ir a Nanette.
—Galileo, por el tiempo que estuvieron casados, de verdad espero que puedan terminar esto por la paz.
Guillermo terminó de decir eso y se fue.
Galileo jamás imaginó que esa plática de ayer sería la última vez que viera a Guillermo.
Su muerte había sido demasiado repentina.
En ese momento.

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