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No recogí amor basura: divorcio embarazada, el CEO me coronó romance Capítulo 188

Las ventanas estaban cerradas y la camioneta se mecía, discreta pero insistente.

El vehículo estaba bien aislado; por más que adentro se desatara el desorden, afuera no se escuchaba nada.

Nanette pensó en irse.

Porque la verdad no tenía ganas de presenciar una escena tan asquerosa.

Pero, tras dar un par de pasos, se detuvo y sonrió con malicia.

¡No podía perderse la oportunidad de arruinarles el teatrito!

Se acercó a la camioneta y levantó la mano para tocar la ventana.

La camioneta dejó de moverse de golpe. Después de unos instantes, la ventana trasera bajó un poco.

Al fin y al cabo, necesitaban tiempo para acomodarse la ropa.

Para entonces, Nanette ya se había escondido.

Yolanda, con el cabello despeinado y la blusa medio abierta, se retorcía inquieta, frustrada por la interrupción. Su voz sonaba increíblemente provocativa.

—Galileo, escuchaste mal, nadie tocó la ventana.

El vidrio volvió a subir.

Galileo comenzó a recuperar la cordura.

¿Qué le pasaba hoy? ¿Por qué de repente no podía controlarse...?

Galileo detuvo las manos de ella, que no dejaban de buscar problemas.

—Yolanda, no... tu cuerpo aún no está listo para esto...

Yolanda no le hizo caso y se acercó a él con una insistencia que le cortó la respiración. A él se le escapó el aliento, roto y urgente.

El placer le pegó de golpe y lo dejó sin defensas, como si la cabeza se le quedara en blanco. Entre la resistencia de mentira y el deseo de verdad, los dos se dejaron llevar.

Afuera el estacionamiento estaba helado; adentro, el aire ardía.

Tras recoger su collar, Nanette se fue directo al hospital.

Guillermo se estaba recuperando bastante bien.

Y eso a Nanette la llenaba de gratitud.

No quería ni imaginar cómo habría soportado el dolor si su padre realmente la hubiera dejado sola en este mundo.

En la habitación solo estaba Félix.

Tenía una pierna colgada sobre el reposabrazos del sillón, absorto en su videojuego.

Se notaba que sus padres no se habían reconciliado, pues Eloísa iba menos al hospital que el mismísimo Félix.

Al ver entrar a Nanette, Félix empezó a quejarse de inmediato.

—¡Vaya, hasta que te acuerdas, hija modelo! —¿Dónde andabas estos dos días? Ni te dignas a venir a ver a mi papá, ¡dejándome a mí solo aquí aguantando el aburrimiento!

Nanette se acercó y le soltó una patada.

—¡A mí no me hables en ese tonito!

De tal palo, tal astilla.

Guillermo se unió al regaño.

—Félix, aprende un poco de tu hermana. Deja de ser tan valemadrista. Si el día de mañana yo falto, ¿qué va a ser de ti siendo así?

Félix se estiró con pereza.

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