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NO QUIERO TU AMOR POR LÁSTIMA romance Capítulo 61

Tanta violencia la tenía temblando por dentro, aunque se esforzaba por mantener una apariencia firme.

No era la primera vez que intentaba arreglar las cosas a espaldas de Lilianne.

Incluso había facilitado la aparición de Oliver en su camino para que su hermana no se sintiera tan sola.

Tanto la empresa de Oliver como el propio Oliver trabajaban para Frederick Alder.

Al principio, Oliver solo debía permanecer cerca de Lilianne y protegerla discretamente. Sin embargo, con el paso del tiempo, terminó enamorándose genuinamente de ella.

Lucy lo consideraba un buen hombre.

Pero resultaba obvio que su hermana seguía colada por aquel australiano que la mantuvo coja y encerrada.

Jamás lo olvidó y ahora se negaba a reconocer el peligro real de toda aquella situación.

Los Valenti eran la principal familia criminal contra la que Douglas había luchado en Australia.

Después de perder hombres, dinero y negocios por su culpa, habían negociado con otro pez gordo del submundo como Frederick.

Le pidieron la cabeza de Douglas a cambio de dejar en paz a Lilianne y a las niñas.

Sobre el papel, parecía un intercambio sencillo.

Lucy no quería que Douglas muriera, pero, si tenía que elegir entre su vida y la de Lilianne y las niñas, no existía elección posible.

Prefería que su hermana la odiara algún día antes que tener que enterrarlas a las tres.

Frederick se lo había advertido: los Valenti eran huesos duros de roer.

Enfrentarse directamente a ellos podía provocar una guerra sangrienta en la ciudad.

Entregar a Douglas parecía la solución más limpia y rápida.

—Termina con esto, Frederick —pidió en voz baja—. Cierra el trato. Solo quiero que dejen en paz a mi hermana y a las niñas.

Habló directamente con el hombre maduro que continuaba inclinado frente a Douglas.

Los ojos glaciales de Frederick se clavaron intensamente en ella.

Los deseos de Lucille eran órdenes para él.

Estaba dispuesto a hacer cualquier cosa con tal de complacerla, incluso ensuciarse personalmente las manos, algo que casi nunca hacía.

—Entonces, eso es todo.

Frederick se incorporó con calma y alzó la pistola, dispuesto a descargar de nuevo la culata sobre la cabeza de Douglas.

—Que te sirva de consuelo saber que esto pondrá a salvo a tus hijas y a tu mujer. Tienes mi palabra.

Lo dijo como quien intentaba consolar a un condenado antes de enviarlo a la muerte.

Douglas trató de zafarse con todas sus fuerzas de los hombres que lo mantenían inmovilizado, pero la culata que iba a dejarlo inconsciente e indefenso se aproximaba a gran velocidad.

Todo ocurrió en apenas un segundo.

Una fina cadena se deslizó fuera de la camisa del alemán.

De ella colgaba la mitad de un sol.

Aquel colgante arrastró un recuerdo doloroso hasta la mente de Douglas.

—¿Klara?

El nombre apenas escapó de sus labios en un susurro sorprendido, pero Frederick lo oyó.

La culata de la pistola rozó la sien de Douglas antes de detenerse.

Los ojos del magnate australiano continuaron clavados en aquella mitad dorada de sol.

—¿Qué has dicho? ¡Repite lo que acabas de decir!

Frederick perdió repentinamente su imagen de hombre imperturbable.

Agarró a Douglas por la camiseta deportiva y lo sacudió, acercándolo a su rostro alterado.

—Klara… ¿Por qué tienes un colgante igual que el de ella?— Douglas repitió.

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