Con aquella orden, todo se convirtió en un caos.
El primero en abalanzarse sobre Douglas fue el bueno de Oliver, quien no era un personaje tan sencillo como aparentaba.
Douglas no iba a quedarse allí como una mansa paloma.
Esquivó el ataque, saltó por encima de las cuerdas del cuadrilátero y buscó el camino más despejado hacia la salida.
Dos tipos se le echaron encima como perros rabiosos, pero Douglas levantó una mesita y se la arrojó para obligarlos a retroceder.
Pronto, el caos se extendió por toda la sala.
Había cerca de diez hombres contra uno y, por primera vez, Douglas no parecía capaz de encontrar una escapatoria.
Se había confiado demasiado y ahora iba a pagarlo caro.
Aun así, la suerte parecía seguir de su lado.
Se giró bruscamente y golpeó con la frente la cabeza de uno de sus atacantes.
Antes de que el hombre pudiera reaccionar, le arrebató el tubo metálico que llevaba en la mano.
Con aquella misma arma arremetió contra otro tipo que estaba a punto de pegarle un puñetazo.
No podía permitir que lo rodearan, pero cada vez que conseguía avanzar hacia la puerta, alguno de ellos le cortaba el paso.
El cerco se cerraba.
Douglas escupía sangre, tenía varias costillas fracturadas y su respiración se volvía cada vez más pesada.
En medio de la pelea, su mirada encontró la de Oliver.
Aquel idiota lo había llevado hasta allí y una nueva oleada de furia explotó dentro de Douglas.
Se abalanzó sobre él como un perro rabioso, zafándose de un hombre que intentaba sujetarlo por el brazo.
Con el tubo metálico en la mano, no dudó en golpear a Oliver en las rodillas.
En cuanto su rival cayó al suelo, Douglas se colocó a su espalda, le pasó el frío metal por delante del cuello y apretó con fuerza.
—¡Voy a matarlo si alguien se acerca! ¡Juro que le reventaré la cabeza aquí mismo!
Su rugido resonó en la sala.
Al verlo como un lobo rabioso, cubierto de heridas, pero todavía dispuesto a matar, los hombres retrocedieron.
Joder, aquel tipo tenía unos cojones enormes. Había que reconocérselo.
Lucy apretaba los puños, sin saber qué hacer a continuación.
Vamos, que ella no era una mafiosa ni nada parecido. Aquel papel le quedaba demasiado grande.
Sin embargo, el hombre que acababa de entrar silenciosamente por la puerta principal y ahora se encontraba a espaldas de Douglas sí había nacido para aquello.
Lucille soltó un suspiro de alivio al descubrir su presencia.
Douglas solo percibió el repentino silencio de los sicarios y el clic seco del seguro de una pistola al desactivarse.

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