—¡Cállate, Sienna! —se oyó otro grito desde el baño.
—Bueno… Lilianne aún no se ha levantado —respondió Douglas con cara de circunstancias.
A pesar de sus reservas, Atenea casi se rió de la situación; conocía de sobra a aquellas dos.
—No se preocupe, yo me hago cargo. Puede tomar café a la cocina, ya puse la máquina. ¿Esos guardaespaldas son suyos?
Dio unos pasos hacia Douglas y le quitó a Sienna de los brazos.
Douglas asintió.
—No entrarán en la casa.
—Está bien, es solo para sacar luego una bandeja con el desayuno. Yo me hago cargo.
—Gracias. —A Douglas le gustó su competencia.
—Viste, nana, papá se va a quedar a vivir con nosotras para siempre y ayer acabó con unos hombres malos…
Sienna empezó a parlotear mientras Atenea se la llevaba de regreso al baño para arreglarle aquellas greñas despeinadas.
Atenea no preguntó qué locuras eran esas delante del magnate, pero, cuando este se marchó, interrogó a las niñas y más o menos se hizo una idea.
Después hablaría con su jefa, pero era obvio que el ex no se iría tan fácilmente.
Como aquel día tampoco habría colegio por la seguridad, ya tenía que ir pensando cómo mantener entretenidas a sus dos chamacas para que no molestaran a sus padres.
Douglas fue a la cocina, aún sin superar el tema de la caca y tanto barullo a aquellas horas de la mañana.
Pero amaba el caos que sus hijas pintaban en su vida.
Se metió en la cocina y, cuando la empleada que preparaba el desayuno vio al hombrezote en short cortos y bata de animal print, casi le dio algo.
—Siga con lo suyo, no se preocupe por mí —la tranquilizó mientras tomaba la jarra de la cafetera eléctrica y se servía café.
Pasó por la habitación de invitados, donde había dejado el móvil la noche anterior, y se sentó en el sillón de la terraza.
Miró hacia la piscina, aspiró el aire de la mañana y se relajó a pesar de sus preocupaciones.
Llamó a Hermes y se puso al tanto de sus asuntos.
—Señor, el hombre murió antes de que pudiéramos sacarle algo en claro. El médico hizo todo lo posible…
Douglas frunció aún más el ceño.
Maldita sea, al fin tenían una pista después de tanto tiempo y justo el disparo en la persecución lo había alcanzado en una zona vital.
—Envuélvelo bien y congélalo; no lo entierren todavía. Quizás sirva.
Quien lo escuchara no se imaginaría que hablaba de un cadáver.

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