Efectivamente, Lilianne ya tenía a mano la medicina para Sophie.
Colgó con el pediatra y fue a preparar un barreño con agua para refrescarles el cuerpo sudado, al menos hasta que despertaran y pudiera darles un buen baño.
Sin embargo, en cuanto colgó, entró la llamada de su hermana.
—Luc…
—¡Ay, Dios mío! Menos mal que estás bien —gritó Lucy.
Lilianne tuvo que apartar el auricular de la oreja o la dejaría sorda.
Salió al pasillo y entrecerró la puerta de la habitación de las gemelas.
—Llamó el hacker de Frederick, que estaba rastreando ese coche que te perseguía, y lo encontró cerca del tuyo, en ese zoo al que vas con las niñas…
Hablaba sin parar.
—...No hay cámaras cercanas en ese sitio. ¿Dónde estás, Lilianne? Frederick ya mandó a algunas personas…
—Cálmate, hermana, cálmate… Estoy en casa y estoy bien… gracias a Douglas…
Lilianne la tranquilizó, caminando hacia el rellano de las escaleras en el segundo piso y recargándose a la baranda.
Mientras le contaba lo sucedido a Lucy, miraba hacia la pared de cristal que daba al patio trasero.
Allí estaba Douglas, señalándoles algo a los hombres que estaban a su lado.
Siempre firme y rudo, como alguien en quien podías confiar a la hora crítica.
—Él nos salvó… —terminó diciendo.
Lucy permaneció en silencio al otro lado durante unos segundos.
—Pero, a la vez, él también les trajo el peligro… Si no fuera por él, esa gente no se metería contigo ni con las niñas…
—Eso no lo sabemos. ¿Y si descubrían de todos modos nuestra relación con Douglas? —Lily se puso a la defensiva.
—Yo seguiría sin saber nada y podrían secuestrarme por algo que ni siquiera conocía… Al menos así puedo prepararme y proteger a mis hijas…
Su voz salió más elevada y hasta algo enojada.
—Estás defendiéndolo como una esposa enamorada…
La respuesta de Lucy estuvo cargada de sarcasmo y burla.
Las mejillas de Lilianne se pusieron rojas, aunque su hermana no pudiera verlas.

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