Lilianne forcejeó con el cinturón de seguridad.
El pecho le dolía horrores porque la cinta se le había clavado con violencia.
Abrió el seguro de las puertas y vio a Douglas sacar a las gemelas de sus asientos especiales.
Lilianne se quitó los tacones y bajó descalza a la carretera.
Estaba mareada y la cabeza le pulsaba terriblemente, pero la adrenalina continuaba bombeando por sus venas y la impulsaba a no detenerse.
—Dame una...
—¡Yo puedo con las dos! ¡Corre al auto blindado! ¡Ve, ve!
Douglas le gritó mientras cargaba a sus hijas, una en cada brazo.
Les había cubierto la cabeza con su chaqueta para que se sintieran protegidas y por si eran el blanco de alguien escondido en el bosque.
—Tápense bien, pequeñas...
Corrió detrás de Lilianne hasta uno de los autos que había traído.
Detrás del BMW de Douglas llegó Hermes acompañado de más guardaespaldas, que enseguida rodearon los vehículos.
A lo lejos, Lilianne escuchó disparos en el bosque... Dios bendito, disparos reales...
—Entre, señora. Rápido...
Hermes le mantenía abierta la puerta trasera.
Lilianne subió y extendió enseguida los brazos para que Douglas le entregara a Sienna y Sophie, que ya no lloraban, pero temblaban de pies a cabeza.
Ella también temblaba y las abrazó con fuerza contra su pecho, consolándolas.
La puerta se cerró de golpe y escuchó a Douglas ladrando órdenes afuera.
—Váyase tranquilo, señor. El apoyo ya está aquí. Vaya...
El sonido de un helicóptero se escuchó sobrevolando la zona.

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