Lily caminó hacia el magnate con el miedo cubriendo toda la emoción que sintió al entrar.
El miedo a que Douglas le dijera que ahora entrarían en una pelea por las gemelas.
—Si me hubieses dicho la verdad desde el primer momento, no habría tenido que hacer nada de eso. No tenías derecho a negármelas…
—¡Yo tengo derecho a todo, Douglas!
Lilianne perdió la compostura y se abalanzó para tomarlo por las solapas del traje.
—¡Porque ellas son mías, yo las llevé en el vientre nueve meses, las parí con dolor y las levanté con mi sacrificio! ¡No lo necesitamos, Sr. Calder, no necesitamos nada de usted!
Douglas la vio gritándole mientras las lágrimas le rodaban por las mejillas y las manos de Lilianne temblaban sobre su ropa.
La desesperación estaba escrita en esos ojos que tanto amaba.
—Yo no te las voy a quitar, Lily… —dijo de repente con voz baja, calmado, todo lo contrario a ella.
—No voy a meterme en ninguna disputa legal por las niñas. Yo solo quiero ser parte de su vida.
Douglas subió las manos y apretó las de Lilianne, que se había quedado mirándolo.
—Lucharé por recuperarte, pero, si al final decides que no me darás otra oportunidad, no puedo obligarte…
Cada palabra iba en serio.
—Sin embargo, de ellas no me puedes separar. Ellas me necesitan… y yo a ellas. Son mis hijas, es lo más hermoso que creé contigo, con el amor de mi vida…
—Ya basta, Douglas. ¡Ya basta de mentiras! —Lilianne intentó retroceder, pero él no la dejaría ir.
—No es mentira… —Douglas apretó su cintura y acarició su mejilla mojada.
—Sé que cometí muchos errores en el pasado, pero también te aseguro que malinterpretaste muchas cosas.
—¡Cosas que nunca me dijiste! Jamás me viste como una compañera de verdad, solo como una mujer de porcelana que no era capaz de aguantar una mala noticia.
Lilianne se lo reclamó intentando escapar, pero él la pegó contra la mesa y la apretó contra su cuerpo más alto.
—Es cierto, te quise proteger, ocultarte detrás de mí… bajo mi sombra… como me dijiste en aquella nota de despedida…

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