Lilianne no supo cómo actuar por un momento y, al ver la escena de sus hijas llorando en los brazos de su padre, le tembló el corazón.
¿Acaso había sido tan egoísta, pensando solo en sus sentimientos, que les había negado esa felicidad a ellas?
Nunca entendió la obsesión de las gemelas por encontrar a su padre, pero, al verlas en los brazos de Douglas y a un hombre tan rudo como él a punto de llorar, comprendió que había conexiones inquebrantables.
—Yo…
—¡Momi, ya regresó papito! —gritó Sienna, casi ahorcando a Douglas, mientras Sophie lo miraba como si se hubiera enamorado a primera vista.
Douglas tampoco decía nada y solo observaba a Lilianne con una mezcla de felicidad, reproche y algo más que no supo definir.
—Chicas, creo que deberían…
Sus palabras se quedaron a medias al darse cuenta de que había espectadores en la pantalla de la laptop.
Se sintió más nerviosa aún frente a los extraños y entonces Douglas hizo una jugada que no esperaba.
—Señores McCall —dijo recomponiéndose y girándose un poco para no darles la espalda—, lamento esta escena. Llevaba un tiempo en Australia, pero, ante su pregunta, les presento a mis niñas gemelas, Sophie y Sienna.
Esas palabras calaron hondo en el pecho de Douglas, donde aún tenía un nudo por la emoción.
—No hace falta que diga que son sus hijas; de la señora Calder solo heredaron el cabello —comentó la mujer mayor cambiando enseguida su anterior recelo.
—Comparto tus sentimientos, querida…
Miró hacia Lilianne, poniéndole ya el cartel de esposa de Douglas… cosa que no era mentira.
Lilianne sonreía de pie, como quien promociona forzadamente una pasta de dientes.
—Mis hijos son una copia del padre; hasta las hembras son Leo con peluca. ¡Qué horror…!
—Unas bellezas, como el padre…
—Puf, sigue diciéndotelo, a ver si te lo crees…
Discutieron como un matrimonio mayor que se notaba que se llevaba bien.
—Entonces, mis niñas bellas, ¿cuándo vienen a visitarnos? Tengo unas nietas más o menos de su edad y hay un parque entero de diversiones en la hacienda…
Eso captó enseguida la atención de las gemelas.
—¿Y hay tobogán, abuelita? —preguntó Sienna, buscándose ya una abuela postiza.
Sophie comenzó a asentir ante la pregunta de su hermana, que se inclinó hacia la mesa y casi se cayó de las piernas de Douglas.
—Sí, sí, y piscina, y pueden montar en los ponis. Se lo van a pasar muy bien…
—¡Sííí!
—Sienna… —Lilianne la llamó por su nombre con un tono serio que le bajó la emoción.

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