Douglas se negaba a irse sin ver a la directora del Atelier.
Tenía ganas de gritar a los cuatro vientos que era su maldito esposo y a duras penas se contenía para no agregar más manchas a su expediente de chico malo.
Como era uno de los socios principales en el negocio de las pieles, la secretaria de Lilianne lo hizo pasar a la sala VIP para esperar a la dueña.
Douglas aprovechó para conectarse a una reunión que tenía con un empresario de Texas.
McCall Cattle Company era dueña de una importante red de ranchos de lujo y hoteles temáticos, y estaba especializada en asados y carnes de primera.
Dinero jugoso, expansión de su negocio hacia Estados Unidos y, ahora, Douglas quería más estabilidad en esta parte del mundo.
Sin embargo, la pareja tradicionalista en la pantalla estaba siendo un hueso duro de roer.
—Señor Calder, nos gustan mucho los negocios familiares porque vemos estabilidad en nuestros socios… —le dijo la mujer canosa luego de intentar indagar en su vida privada y de que él casi se pusiera a la defensiva.
—Una esposa, hijos… ¿Los trajo con usted desde Australia? Quisiéramos invitarlos a pasar un fin de semana y charlar en persona del trato…
Lo miró expectante.
Douglas apretó los puños bajo la larga mesa de reuniones.
Sus ojos grises observaron al hombre mayor que estaba a su lado, el Sr. McCall.
¿Tenían que conocer personalmente a toda la familia, incluido el perro, de la gente con la que hacía negocios?
—Sr. Calder, perdone la intensidad de mi esposa —dijo al advertir su ceño fruncido.
—Pero este será un trato millonario y, de hecho, me sale más económico tener un proveedor de mi país que importar. Hay varios candidatos y solo queremos conocerlo mejor y a su familia...
Douglas se estaba cabreando en serio.
Su ganado también era de primera como para que le pusieran tantos requisitos.
—Bueno, el hecho es que yo… Maldición… Lo lamento…
Se disculpó cuando se le cayó el bolígrafo al suelo y tuvo que inclinarse a recogerlo.
En la pantalla, los McCall se miraron, convencidos de que habían dado con otro Casanovas.
Pero, para su sorpresa, una cabecita apareció de repente en la esquina de la pantalla…
Enormes ojos grises los miraban con curiosidad.
Cuando Douglas se levantó…
—Miren, no perdamos más el tiem…
—Oh, Dios mío, pero qué belleza de niña tiene usted…
La mujer le sonrió a la curiosa muñeca que a penas y llegaba a la mesa.

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