—¿Te lastimaste?
El magnate se agachó enseguida, tomándola con cuidado por los hombros e intentando comprobar si se había herido por el choque.
Entonces, los ojos de Douglas se dirigieron a la mochilita rosa que llevaba delante.
Estaba embarrada de yogur, pero el nombre «Sophie» en la etiqueta de identificación lo removió por completo.
—¿Sophie?
La pequeña levantó la mirada como un venadito asustado, con los ojos marrones llenos de lágrimas.
Se había golpeado en la frente, donde tenía una mancha roja.
—No llores, pequeña… Te llamas Sophie, ¿verdad? Yo conozco a tu mamá, Lily…
Douglas fue a sacar el pañuelo del bolsillo con dedos temblorosos para secarle las lágrimas, pero la niña escapó de sus manos.
—No tengas miedo, mira, es solo un pañuelo…
—¡Mi mamá me dijo que no hablara con extraños!
"Sophie" le gritó cuando él intentó dar un paso adelante; luego lo rodeó corriendo y escapó hacia el patio de recreo.
Dentro de Douglas se movía una tormenta de emociones.
Hizo ademán de seguirla, pero tendría que exponerse ante las maestras.
Sacó el móvil para revisar la foto y, sí, era muy parecida a la pequeña que aparecía en ella.
Pero el alma de Douglas terminó por caerse al suelo.
Esa niña no se parecía en nada a él.
No había sentido esa conexión que se suponía que debía tener con su sangre.
Aunque pareciera idiota, estaba convencido de que, si tenía delante a su hija, sabría que era suya.
—De verdad… ¿No son mías?
El puño se apretó alrededor del pañuelo.
Se quedó como un idiota en medio del pasillo, sin saber qué hacer con toda esa desilusión en su pecho.
Por la edad de la pequeña, Lilianne ni siquiera había esperado mucho para acostarse con otro y hasta darle las hijas que a él no le dio.
Pero… ¿podía culparla siquiera?
Él solito se lo buscó, aunque igual dolía como la mierd4.
El teléfono volvió a vibrar en su mano.
«¡Señor, ya estamos llegando al punto donde lo dejamos!»
Tenía que regresar.
Había venido a verificar algo… y el que busca lo que no debe a veces encuentra lo que no quiere.
Douglas caminó por el pasillo pensando en tantas cosas.
Seguía amando a Lilianne, a su manera, con sus defectos, pero él quería una vida con ella, y eso conllevaba hacerse cargo de sus hijas con otro hombre.
—Son pequeñas, puedo ganarme su cariño…¿Y el cabrón del padre dónde está? Mejor que se haya muerto ese desgraciado robaesposas…
Masculló entre dientes, pasando de civilizado a salvaje en un segundo.

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