—Buenos días —la voz cansada de Lilianne resonó en la cocina cuando llegó arrastrando las pantuflas y en bata de dormir.
Eran las seis de la mañana y no había pegado ojo en toda la noche.
Atenas ya le daba instrucciones a la chica del servicio para preparar el desayuno.
Lily se sentó en la encimera y una taza de café cargado fue puesta delante de ella.
—Buenos días. ¿Regresaste anoche? Pensé que te quedarías, ya sabes, con Oliver…
—Bueno, estaba cansada y volvimos temprano.
—Ajá…
—¿Qué? —preguntó Lilianne, sintiéndose culpable y esquivando su mirada inquisitiva.
¿La habría escuchado anoche gimiendo como una puta y nombrando a Douglas?
—Nada, nada... Solo que sigues dándole largas a esa ruptura y ambas sabemos que sucederá... Por cierto, la Sra. Lucy llamó y regresa la próxima semana.
Atenas se alejó a preparar las loncheras de las gemelas.
Lilianne se apartó el cabello, bajando la cabeza para beber más de esa droga que la levantaba en las mañanas, ya que no podía sacarse del sistema la otra droga llamada Douglas.
Joder, que el hombre nada más le calentaba la oreja y ella se venía sin mucho esfuerzo.
Todos los muros que había levantado durante esos años se iban destrozando.
La vergüenza la recorría; se sentía como una perra traidora.
Le decía a Oliver que le daría tiempo, mientras ella se metía el dedo en una llamada caliente con su esposito.
—Maldita sea…
Se estrujó los ojos.
Sabía que hoy nadie le quitaría las ojeras de panda y mira que el día estaba bien movidito.
—Voy a despertar a las niñas… —dijo, y se levantó para subir al segundo piso.
Este era otro asunto que le preocupaba.
Ya no podía pedir más justificantes.
Sophie y Sienna debían salir de la mansión y regresar al colegio.
Sin embargo, era un colegio privado y seguro, y no dejaban entrar a cualquier mamarracho.
Sobre todo, no a ese australiano arrogante, aun con los arreos puestos y olor a caballo salvaje.
Lilianne estaba muy segura.
Douglas Calder no encontraría a sus gemelas en el Colegio Saint Aldwyn.
*****
—El patio de recreo del Colegio Saint Aldwyn tiene todas las medidas de seguridad…
Douglas fingía escuchar lo que la subdirectora del centro le explicaba, pero sus ojos buscaban por todas partes alguna señal de las gemelas.
El hombre que se había infiltrado en la casa de Lilianne tomó una foto con el celular desde lejos en la que se veía más o menos el rostro de una de las chicas, pero nada claro.
—¿Me puede mostrar aulas con niños o el patio de recreo? Es para ver la interacción, porque hay muchas escuelas con bullying…
—En la nuestra no, Sr. Calder, se lo puedo asegurar. —La mujer enseguida se giró con rostro serio.
—Tenemos una excelente reputación y, por eso mismo, no puedo llevarlo al área infantil sin el permiso de los padres… Lo lamento…
Douglas quiso maldecir.
Por mucho que intentó enredarla con su encanto, la subdirectora Blass no cedió ni un ápice.

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