Lucy dudó por un segundo, aunque su cuerpo ya estaba bien caliente.
Pero algo en el fondo de su consciencia le gritaba que esto estaba muy mal.
No le debía nada a Frederick, muchos periodos estuvieron separados y ella tuvo sus amantes, pero era como un mal hábito siempre terminar en sus garras.
No… no debería arrastrar a Luke a esto… podía meterse en problemas…
Pero en un segundo el cinturón chasqueó contra el suelo y la hizo saltar.
Sus ojos húmedos por el deseo fueron directo a la oscuridad dentro de los de Luke.
—Te di una orden, no me hagas repetirme, Lucille… o será peor después.
Lucy tragó bajando los ojos hacia el cinturón y su cuerpo se movió como si tuviese vida propia.
Se giró sobre el escritorio y comenzó a subirse la falda del vestido que él mismo le regaló.
La tela se frunció en su cintura y sintió la brisa en su tanguita que ya mostraba una mancha mojada.
Lucy se inclinó hacia delante poco a poco y se estremeció por completo cuando escuchó los pasos lentos de Luke.
El no saber, el esperar el placer, el dolor, la adrenalina, todo hacía que su corazón se acelerara y el coño le palpitaba pidiendo castigo.
—Abre más las piernas —el tono ronco resonó demasiado cerca de su espalda y Lucy jadeó, obedeciendo.
Escuchaba los susurros a su espalda, él buscaba algo.
Esperó hasta que el bulto duro de una bragueta se pegó con fuerza a su tanga húmeda.
Lucy se mordió el labio inferior, encerrada entre el cuerpo enorme de Luke y el escritorio, apoyando las manos en la madera y empinando las nalgas para sentir esa dura polla restregándose contra ella.
—Abre la boca —otra orden.
La respiración caliente del hombre soplaba en su nuca y Lucille obedeció de nuevo.
Luke bloqueó sus labios con un pañuelo limpio que tenía el aroma a su colonia y se colaba como un afrodisíaco por su nariz.
Los gemidos ahogados de Lucy se escuchaban junto con su respiración irregular.
Dedos masculinos se metieron por su cabello y Luke haló su cabeza hacia atrás, dominante, pegándola a su pecho y hablándole al oído.
—Déjame recordar… ¿Cuántas horas tuve que trabajar sábado y domingo para comprarte aquel maldito anillo que ni miraste?
Las palabras roncas se arrastraron por su oído.
—¿Siete… ocho… nueve?

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