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Mientras Tú Jugabas, Alguien Más Me Amaba romance Capítulo 2

—No te preocupes, este matrimonio es para darle gusto a mi papá —le había dicho él en aquel entonces—. Después de casarnos, cada quien por su lado. No nos meteremos en la vida del otro.

En ese momento ella no tenía nada, dependía por completo de Adrián y de la familia Valiente. Si no era independiente, ¿cómo iba a tener dignidad? Así que solo pudo tragarse el orgullo, fingir indiferencia y responder:

—Como quieras.

Durante esos dos años de matrimonio, Aitana creyó que, si se quedaba a su lado el tiempo suficiente, algún día él por fin la miraría de verdad.

Ahora entendía que todo había sido un autoengaño.

***

Club Península

Ariadna intentó tomar del brazo a Adrián, pero él la esquivó con frialdad.

Al verlo así, con esa cara guapa completamente fría, le pareció todavía más irresistible.

—¿Otra vez es Aitana? Ya sé que están casados, pero no puede estar checándote a cada rato, ¿o sí?

Adrián apenas alzó una ceja, sin perder ese aire de desgano:

—Es mi esposa, está en todo su derecho de llamarme.

La verdad era que, en dos años de matrimonio, Aitana nunca lo andaba checando ni acosando; se portaba demasiado bien.

En ese momento, Adrián tenía un cigarro en la boca, pero no lo encendía. Jugaba con el encendedor, prendiendo y apagando la llama una y otra vez, como si algo no terminara de dejarlo en paz.

Unos segundos después, terminó por devolverle la llamada a Aitana, pero Ariadna le arrebató el celular y colgó.

—Quedaste en que hoy ibas a estar conmigo.

Adrián apartó la mirada con fastidio, tomó de nuevo el teléfono de la mesa para marcar, pero se dio cuenta de que lo había puesto en silencio sin acordarse a qué hora.

Tenía tres llamadas perdidas, todas del contacto guardado como «Esposa».

—¿Agarraste mi celular? —La expresión de Adrián se endureció de golpe.

—Claro que no —respondió Ariadna con tono inocente—. Solo se me olvidó decirte que Aitana había llamado.

Adrián hizo una mueca de disgusto, se levantó para irse, pero escuchó a Ariadna gritar a sus espaldas:

—El señor Campos, el director de la productora Prontia Media, ya está abajo. ¿No querías conseguirle inversionistas a la nueva película de Aitana? Si dejas pasar esto, no habrá otra oportunidad.

Adrián detuvo su paso.

—Pobre Aitana —soltó Ariadna con una dulzura venenosa—. Desde que se casó contigo no ha sacado nada que de verdad importe. ¿Quién se acuerda ya de que alguna vez ganó un premio como directora revelación?

Adrián se volvió hacia ella con una mirada cortante.

Al principio de su matrimonio, Aitana aún se hacía ilusiones. Una noche le llamó de madrugada para preguntarle a qué hora regresaba a casa, y le contestó una actriz.

Si no era Ariadna, iba a ser cualquier otra. Siempre habría alguna dispuesta.

Pero, para mantener las apariencias y proteger el prestigio de la familia Valiente, Aitana lo negó.

—¡Ay, muchacha, no seas malagradecida! —le reclamó su tío, visiblemente alterado—: Todos estos años que tu mamá ha estado en el hospital, ¡los Valiente han pagado todo! ¡Y mi fábrica sigue abierta gracias a sus contactos! ¿Y el dinero de tus estudios en el extranjero? ¿A poco crees que tu mamá y yo lo juntamos? ¡Adrián lo pagó a escondidas!

Aitana se quedó en blanco. Él jamás le había dicho nada de eso.

Pero daba igual; todo era una deuda que tenía con la familia Valiente.

Esbozó una sonrisa irónica y respondió:

—Pues por eso mismo me vendí a él.

Su tío estaba a punto de replicar, cuando de pronto sonaron las alarmas de terapia intensiva.

Varios médicos y enfermeras entraron corriendo, el sonido de sus pasos resonó por todo el pasillo.

Aitana se quedó inmóvil. El mundo se le vació de golpe y lo único que alcanzó a escuchar fue un grito desgarrador:

—¡La paciente entró en paro respiratorio!

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