—Aitana, acabo de ver a tu esposo en el club.
Pasillo del hospital.
Aitana Santamaría miraba el aviso de estado crítico que tenía en la mano. La voz de su mejor amiga, Valeria Morales, sonaba furiosa al otro lado del teléfono:
—¡El papá de Ariadna Silva fue el culpable de la muerte de tu padre! ¿Y ahora resulta que le está celebrando el cumpleaños a la hija de tu enemigo?
Aitana solo hizo una pregunta:
—¿Dónde está?
—En el Club Península. Le pregunté a la recepcionista y me dijo que tu esposo rentó todo el lugar para ella.
Aitana cerró los ojos y dijo:
—Valeria, ¿puedes pasarle el celular? No me contesta y mi mamá se nos va... Quiere verlo por última vez.
A Valeria se le hizo un nudo en la garganta.
—Ahorita mismo.
Aitana alcanzó a oír su respiración agitada y el eco de sus pasos apresurados al otro lado de la línea. Luego, el sonido de fondo pasó de ser un eco vacío a un bullicio de risas y fiesta, formando un contraste doloroso con el silencio sepulcral del hospital.
Al otro lado se escuchó una voz ronca y displicente, con esa indiferencia de quien ya lleva varios tragos encima:
—¿Mi amor?
Aitana sintió que algo se le desgarraba por dentro, pero se tragó el llanto; no pensaba quebrarse delante de él.
—...¿Puedes venir al hospital?
—¿Ahorita?
Ella se quedó callada. Hubo un silencio de un par de segundos en la línea antes de que él respondiera:
—Bueno, entonces...
—¡Adrián! —lo interrumpió de golpe una voz femenina y empalagosa, acompañada por los chiflidos de un grupo de gente—. ¡Todos te estamos esperando para partir el pastel!
Al segundo siguiente, la llamada quedó en silencio. Adrián acababa de silenciarla.
Aitana miró la pantalla del celular que aún marcaba «Llamada en curso». Sintió que el pecho se le abría de golpe. Soltó una risa amarga y, sin importarle si la escuchaba o no, sentenció:
—Adrián Valiente, dile a Ariadna que feliz cumpleaños. Ojalá no pase de los veintitrés.
Dicho esto, le colgó.
Todo se fue al diablo el año en que iban a entrar a la universidad.
La película que su padre llevaba diez años preparando fue saboteada por el papá de Ariadna, Rodrigo Silva.
Filtraron material inédito y lo manipularon con mala leche. Una película dura sobre mujeres secuestradas terminó convertida, ante la prensa, en basura amarillista de corte sexual.
Desesperado por limpiar su nombre, su padre pasó noches enteras rehaciendo la edición original, hasta que un infarto fulminante lo derrumbó frente a la consola.
De la noche a la mañana, Aitana dejó de ser la niña con la vida resuelta.
Los inversionistas exigieron indemnizaciones, la productora se fue a la quiebra y los derechos de la obra maestra de su padre terminaron en manos de Estrella Imperial Entertainment como pago de la deuda.
Su madre enfermó por el agotamiento extremo y le diagnosticaron ELA.
Aun así, se lo ocultó para seguir trabajando sin descanso, pagando deudas y costeándole a Aitana la carrera en el extranjero.
Cuatro años después, cuando regresó, Adrián la buscó. Con esa mirada coqueta suya y el descaro de siempre, le soltó:
—Quiero ser actor, pero mi papá no me deja. Dice que solo me apoya si me caso contigo. Aitana, ¿te casas conmigo?
Ella aceptó.
Por los gastos médicos de su mamá, para pagarle a la familia Valiente el dinero que habían puesto para sacarla del apuro, y por aquel enamoramiento de juventud que nunca se atrevió a confesar.

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