Leyla
Llegué a mi apartamento con la arena todavía pegada a los pies y una furia que no sabía si era contra Noha o contra mí misma por haber disfrutado tanto esa tarde antes de que él la arruinara.
Porque la arruinó. Estábamos perfectos. Helado de pistacho, pies descalzos, risas, agua lanzada, arena en el pelo. Estábamos siendo nosotros. Y justo cuando por primera vez en semanas sentí que podía volver a confiar en él, sacó el tema de Derek con esa cara de detective que le conozco cuando cree que tiene razón y el mundo entero está equivocado.
Celos. Puros y simples celos disfrazados de preocupación empresarial.
Mi teléfono vibró en la mesita de noche. Lo tomé pensando que sería Génesis preguntándome cómo fue el secuestro. Pero no era Génesis.
Era Derek.
*“Leyla, lamento que no pudieras asistir al almuerzo. Comprendo que tienes muchas ocupaciones. Espero que todo esté bien. Te envío un archivo que preparé para ti. Son las proyecciones actualizadas del proyecto con los números de la nueva fábrica que encontré. Creo que te van a sorprender. Un abrazo, Derek.”*
Abrí el archivo adjunto. Era un documento de quince páginas con gráficos, tablas y proyecciones financieras que me hicieron sentarme en la cama de golpe.
Los números eran impresionantes. Con la fábrica que Derek proponía, el costo de producción bajaba un cuarenta por ciento. Eso significaba márgenes de ganancia que duplicaban mis proyecciones originales. Triplicaban si yo aceptaba ser la imagen de la marca, porque según sus cálculos, una fundadora visible multiplicaba el engagement y las ventas directas por un factor que él documentaba con estudios de mercado de tres continentes.
Era demasiado bueno. Otra vez esa frase. Demasiado bueno.
Me recosté contra la almohada. Miré el techo. Y escuché la voz de Noha en mi cabeza, tan clara como si estuviera sentado al lado de mi cama: *“No bajes la guardia. Puede ser peligroso.”*
Maldito Noha. Maldito y sus advertencias que se metían debajo de mi piel como una astilla que no puedes sacarte. Yo no le creía. No quería creerle. Pero la espinita estaba ahí, instalada en algún lugar entre mi entusiasmo y mi instinto, pinchándome cada vez que los números de Derek brillaban demasiado.
Tomé el teléfono. Pensé durante un minuto largo. Y hice algo que me costó más que cualquier presentación de negocios: le escribí a Will.
*“Will, necesito un favor. Te envío un archivo con proyecciones financieras de un inversor que quiere entrar en mi proyecto. ¿Puedes revisarlas y decirme si los números son reales? No confío en mi propia objetividad con esto. Necesito tus ojos de analista.”*
Adjunté el archivo de Derek y envié el mensaje.
Will no respondió. Eran las once de la noche en Australia y probablemente estaba dormido. Pero sabía que cuando lo viera, lo haría.
¿Era irónico pedirle ayuda a mi exnovio para verificar al hombre que mi otro exnovio consideraba sospechoso? Absolutamente. Mi vida era una telenovela que ni yo misma entendía ya.
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Al día siguiente llegué a la oficina con una misión: ajustar cuentas.
Entré a mi oficina y encontré exactamente a las personas que buscaba. Ashley estaba sentada en mi silla, girando como una niña en un carrusel. Génesis estaba en el sofá. Ethan estaba de pie junto a la ventana, revisando su teléfono.
Los miré a los tres. Ellos me miraron a mí. Y lancé la primera granada.
—Son unos traidores —declaré, dejando mi bolso sobre el escritorio con un golpe que hizo que Ashley dejara de girar en seco—. Todos. Cada uno de ustedes. Traidores de la peor especie.
Génesis levantó la taza de té como si fuera un escudo.
—Leyla, antes de que empieces…
—Tú —la señalé con el dedo— eres la cabecilla de esta conspiración. Tú llamaste a Noha. Tú le dijiste que me sacara de la oficina. Tú le diste la idea del secuestro. Mi mejor amiga. La mujer a la que le estoy organizando la boda. Me apuñalaste por la espalda con una sonrisa.
—Te apuñalé por la espalda con amor —respondió Génesis sin un gramo de arrepentimiento—. Llevabas tres semanas sin dormir. Te pusiste la misma blusa dos días seguidos. Y comiste una ensalada que tenía cinco días en el refrigerador. Alguien tenía que intervenir.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Mi peligroso cuñado se enamoró de mí, ¡UNA GORDITA!