Noha
—Entonces déjame ver si entendí —dijo Alec, sentado frente a mí en su cocina con un café que ya se había enfriado hace veinte minutos—. La llevaste a la playa. Pasaron una tarde increíble. Se rieron, caminaron descalzos, comieron helado. Ella te agradeció por los hechos silenciosos. Estuviste a punto de besarla. Y justo en el momento perfecto, decidiste advertirle sobre Derek.
—Sí.
—Y ella se enojó.
—Sí.
—Y la tarde se arruinó.
—Sí.
Alec me miró con esa expresión que oscilaba entre la compasión y las ganas de estrangularme.
—Noha, eres brillante para los negocios y un completo desastre para el amor. ¿En qué momento pensaste que arruinar una tarde perfecta con una acusación contra el inversor que ella admira era una buena idea?
—No es una acusación. Es una advertencia legítima. Derek Ashford no tiene pasado digital, sus inversiones fracasaron todas y su perfil apareció de la nada hace menos de dos años. No hay fotos, nada que me asegure que ese hombre es real.
—¿Y no es posible que estés viendo fantasmas porque estás celoso?
—Estoy celoso. Lo admito. Cada vez que escucho el nombre de ese tipo se me revuelve el estómago. Pero no por eso voy a inventar mentiras, Alec. Lo que encontré es real. Los datos están ahí. Y tengo un presentimiento que no me deja dormir.
Alec suspiró. Se reclinó en la silla y cruzó los brazos.
—¿Y el investigador privado?
—Todavía no tiene resultados. Dijo que necesita más tiempo. El perfil de Derek es difícil de rastrear precisamente porque parece fabricado.
—Entonces espera a tener pruebas antes de volver a mencionarlo. Porque sin pruebas, Leyla solo ve a un exnovio celoso que quiere sabotear su oportunidad de negocios. Y no puedo culparla.
Tenía razón. Odiaba admitirlo, pero tenía razón. Sin pruebas concretas, mis advertencias sonaban exactamente a lo que Leyla creía que eran: celos disfrazados de preocupación.
—Estoy desesperado, Alec.
—Lo noto.
—¿Crees que si le propongo matrimonio me perdonaría?
Alec me miró. Parpadeó. Y soltó una carcajada que retumbó en toda la cocina.
—¿Matrimonio? —exclamó, limpiándose los ojos—. ¿En serio? ¿Tu plan de reconquista es proponerle matrimonio a una mujer que todavía no te ha perdonado? Noha, llevas tres semanas de hechos silenciosos y ya quieres saltar al altar. Eso no es amor. Es pánico.
—No es pánico.
—¿Entonces qué es?
—Es certeza. Sé lo que quiero. ¿Por qué debería esperar?
—Porque Leyla no está lista. Porque todavía estás en periodo de prueba. Y porque si le propones matrimonio ahora, ella va a pensar que es otro gesto grandilocuente para compensar tus errores.
—Odio que tengas razón.
—Lo sé. Es mi maldición.
Me terminé el café frío de un trago. Alec tenía razón en todo. El matrimonio podía esperar. Leyla no necesitaba un anillo. Necesitaba un hombre que estuviera ahí, todos los días, sin fallar, sin desaparecer, sin poner a otra mujer por delante de ella.
Mi teléfono sonó. Miré la pantalla. Era mi abogado.
—¿Sí?
—Señor Hall, lo llamo para informarle sobre el apartamento que alquiló para la señora Claire.
—¿Qué pasa con el apartamento?
—La señora nunca llegó. El administrador del edificio me confirmó que nadie se ha presentado con las llaves. El apartamento está vacío. Intacto. Nadie ha dormido ahí desde que se firmó el contrato.
Me quedé helado.
—¿Nunca llegó? Pero si firme todo el gran paquetes de documentos que me envió.

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