Génesis
Llegué a casa y fui directo a la habitación de los gemelos.
Caminé por el pasillo con el corazón latiéndome en la garganta y abrí la puerta del cuarto que Vanessa había decorado con tanto amor, con sus cunas blancas y sus sábanas de estrellas y lunas, y necesité verlos para poder respirar.
Ahí estaban. Adam dormido con los puños cerrados, Adonias despierto, mirando el móvil de animales que giraba sobre su cuna con esos ojos enormes que eran iguales a los míos.
Los tomé a los dos. Uno en cada brazo. Los apreté contra mi pecho con una fuerza que probablemente los incomodó. Necesitaba sentirlos. Necesitaba confirmar con mi propio cuerpo que estaban ahí, enteros, seguros.
D. W. Dafne Wood.
Desde que Karen leyó esas iniciales en la oficina de Leyla, algo se me instaló en el pecho que no se iba. No era solo miedo. Era el instinto de una madre que siente una amenaza acercarse a sus crías y no sabe de qué dirección viene.
Porque lo que más me aterrorizaba no era el regalo en sí. Eran las preguntas que lo rodeaban. ¿Cómo sabía Dafne que mis hijos habían nacido? ¿Cómo sabía que eran gemelos? ¿Cómo consiguió enviar un paquete desde un psiquiátrico donde se suponía que estaba vigilada las veinticuatro horas? ¿Quién le dio la información? ¿Quién la ayudó?
Y la pregunta que más me quitaba el sueño: si Dafne podía enviar un paquete, ¿qué más podía hacer?
Besé a Adam en la frente. Besé a Adonias en la mejilla.
Escuché los pasos de Ethan en el pasillo. Entró a la habitación despacio,
Me miró con los gemelos en brazos. No dijo nada durante un momento. Solo se quedó de pie en la puerta, observándonos. Pero debajo de esa máscara de control, vi lo mismo que sentía yo: miedo. El miedo de un padre.
—Me preocupan esos regalos —dijo al fin
—A mí también.
—Voy a llamar a Deivyd. Necesito que vaya al psiquiátrico personalmente. Que se asegure de que Dafne sigue encerrada. Que averigüe con quién tiene contacto, quién la visita, cómo consiguió enviar ese paquete.
Ethan sacó su teléfono y salió al pasillo a hacer la llamada.
Me quedé sola con mis hijos. Los acosté en sus cunas con cuidado. Adam se acomodó de lado y volvió a dormirse. Adonias me agarró el dedo con su mano diminuta y no me lo soltó, como si supiera que su madre necesitaba un ancla.
Dafne. Mi hermana melliza. La mujer con la que compartí un vientre antes de nacer. La niña rubia que mi madre adoraba mientras yo me escondía detrás de los libros. La mujer que me robó el novio y casi me mata en un accidente. La adulta que encerró a Ethan en la cárcel, robó seis millones de dólares y le disparó a Ana a quemarropa.
Y ahora, desde un psiquiátrico, enviándole regalos a mis hijos. Llamándose “la tía que más los ama” con una caligrafía perfecta que no parecía escrita por una mujer medicada y vigilada.
No podía creer que fuera tan malvada. No quería creerlo.
—No voy a dejar que nadie les haga daño —les susurré—. A ninguno de los dos. Se los prometo.
Era la misma promesa que les hice el día que nacieron. La misma que me hice a mí misma cuando decidí dejar de fingir y empezar a vivir.
Ethan regresó a la habitación. Se sentó en el borde de la cama y me tomó de la mano.
—Deivyd va a encargarse —me dijo—. Sale mañana temprano hacia el psiquiátrico. Va a hablar con los directores, revisar los registros de visitas y confirmar que Dafne sigue ahí y que no tiene acceso a comunicaciones externas.

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