—Si te lo digo te vas a enojar más.
Olivia se señaló a sí misma.
—Ya estoy así de furiosa. Habla ya y esta vez con la verdad; al menos me voy a enterar de todo, y si me muero del coraje, que sea sabiendo por qué.
Adrián se rio con amargura. Abrió el localizador del celular y se lo mostró, señalando un dispositivo registrado como "pequeño Adri".
—Era un celular que le compré hace tiempo. Ella cambió de teléfono y dejó de usarlo, pero anoche ese celular se activó de pronto. En cuanto lo vi, llamé a la policía. Más tarde, el señor Quiroga me llamó para preguntar si sabía algo de ti. Sospeché que estaba relacionado con ese celular, así que lo rastreé hasta el puerto, y ahí encontré tu zapato.
Olivia ya no podía estar más enojada. En serio, ni un poco de enojo le quedaba; lo que sentía era pura ironía.
Lo miró con una sonrisa burlona.
—Qué sentimental resultó ser el señor Vargas. Ni siquiera un celular viejo y en desuso fue capaz de desvincular. ¿Qué, tenerlo vinculado era como tener a tu adorada Pau a tu lado?
—Lo conservé vinculado, pero no por eso. Es costumbre de trabajo: cualquier rastro, por mínimo que sea, lo guardo como evidencia para lo que pueda pasar en el futuro.
—Haz lo que quieras. —Olivia agitó la mano y le dio la espalda—. Tú y yo ya no tenemos nada que ver.
Guarda lo de quien te dé la gana; solo borra lo mío.
Nada más de pensar que todavía tengo algún rastro ahí me da asco.
Se alejó a paso firme. Adrián observó su figura sin decir nada más.
A unos pasos de ellos estaba Julián, quien sabe cuánto tiempo llevaba ahí parado. Ella también debió
verlo, porque de pronto echó a correr hacia él.
Julián sonrió en cuanto la vio. Corrió a su encuentro, la abrazó con fuerza y la levantó del piso; incluso le besó la frente y le susurró algo al oído. ¿Qué le diría?

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