Siempre fue él... y aun así la perdió.
Algunos marineros tomaron fotos y videos para mostrárselos. Le pidieron permiso para conservarlos;
si no estaba de acuerdo, los borrarían de inmediato.
Olivia se contempló a sí misma en la pantalla.
Rodeada por la oscuridad absoluta del océano, un haz de luz del barco caía sobre la cubierta como si alguien hubiera encendido un reflector solo para ella. Bailaba envuelta en esa luz, y en el mundo entero no quedaba más que el viento y el sonido de la armónica.
Era demasiado hermoso. No se trataba solo de su técnica al bailar, sino de la atmósfera que capturaba el video: aquel había sido uno de los escenarios más bellos de toda su vida.
—No hace falta borrarlos, al contrario, les agradezco que me hayan hecho lucir tan bien. —Olivia les devolvió el celular. Hasta quería pedirles que le compartieran el video, pero por desgracia había perdido su celular.
—¡Oigan, mejor bailemos todos! —propuso el señor que le había servido el trago a Olivia.
Los demás marineros se burlaron de él.
—¿Y tú qué sabes de baile?
—¿Cómo que qué sé? De joven me apodaban el Rey del Baile del barco —respondió el señor entre risas.
—jA ver, demuéstralo!
Todos empezaron a animarlo. El señor no se hizo del rogar y le gritó a Adrián:
—¡Hermano, dale con la música!
Adrián llevaba mucho tiempo sin tocar la armónica; si no era una canción que se supiera de memoria, ya no le salía. Tras un momento de apuro, comenzó a tocar "
El osito bailarín".
Al ritmo de la alegre melodía, el señor empezó a bailar tambaleándose como un oso. Olivia se rio a carcajadas y se puso a brincar junto a él.
—¡Vengan, vengan todos, aquí todos somos osos!
Los invitó el señor con una sonrisa.
Adrián pensó: "¿Qué? Yo toqué esa canción, perо definitivamente mi intención no era esa".
Le dio algo de vergüenza y dejó de tocar.
—¡Amigo, sigue tocando! ¿O tú también quieres bailar? —El señor estaba en pleno auge del baile.

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