—¡Suéltame! —Adrián, sin embargo, se mostró
inflexible y la sujetó por la cintura—. ¡¿Puedes dejarme en paz?! —Olivia se negaba a voltear la cara.
Adrián pareció entender.
—¿Eres necia? ¿Para qué mantener las apariencias frente a mí? ¿Qué tiene de malo vomitar? En más de diez años, ¿hay algo de ti que no haya visto? ¿Existe alguien en este mundo que te conozca mejor que yo?
—¡Adrián! —Olivia tuvo que admitirlo: sin importar cuántas veces dijera que ya eran dos desconocidos, Adrián siempre se las arreglaba para hacerla enfurecer. Lo fulminó con la mirada—. ¿El que mejor me conoce en este mundo? ¿Cómo te atreves a decir eso?
Porque la conocía mejor que nadie, sabía exactamente dónde estaban sus puntos débiles y la hería sin el menor esfuerzo, destrozándola.
Adrián se quedó paralizado un instante y la apretó
contra su pecho.
—Es mi culpa, pero esta noche, solo esta noche, confía en mí. Te prometo que no voy a lastimarte.
—Suéltame, puedo caminar sola. —Ella misma sabía que no podía quedarse agarrada a la barandilla con el oleaje sacudiendo el barco. Liberó una mano y empujó a Adrián con fuerza; después, apoyándose en la pared del casco, avanzó despacio, tambaleándose, hacia el otro extremo.
Por suerte, su pierna ya estaba casi recuperada; de lo contrario, no quería ni imaginar cuántas veces se habría caído si aún estuviera como antes del tratamiento.
Adrián no insistió. La observó tropezar y balancearse con el vaivén del barco hasta que por fin llegó a la cubierta del otro lado.
Los marineros estaban sentados en cubierta, con un quemador de alcohol encendido y un caldo picante burbujeando encima. El aroma especiado se adueñaba del ambiente, atenuando el olor salado del mar.
—Siéntate aquí. —Adrián encontró un lugar libre, se sentó y le señaló el espacio a su lado.
Esta vez Olivia no discutió; tampoco podía ir a sentarse entre los marineros.
—Ven, come algo con nosotros, muchacha. Te va a caer bien —la invitó uno de ellos mientras le ofrecía una cuchara.
—Gracias. —Con más gente alrededor, el terror al mar abierto se le fue disipando un poco, pero seguía teniendo frío; sobre todo porque hacía un momento, junto a la borda, una ola la había empapado.
Los marineros comentaban lo que acababa de pasar, incrédulos:
—¿Cómo es posible que ocurra algo así? ¡Es la primera vez que nos toca!
Lo cierto era que, hasta ese momento, Olivia tampoco sabía bien quién la secuestró ni por qué.
En el barco había también un policía, pero hasta que no se cerrara el caso, no iba a decir nada.
Miró a Adrián. Él tampoco parecía saber. Le pasó un vaso de agua caliente.

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