¿El barco ya había zarpado? ¿Quiénes eran esas personas? ¿Qué querían? ¿Secuestro? ¿Tráfico? ¿Qué
iba a hacer?
Estaba casi segura de que se encontraba en la bodega de carga. Hasta podía escuchar las ratas.
Además de los chillidos de estas, solo se oía el oleaje.
Al pensar que el barco se alejaba de la costa y que a su alrededor no había más que un mar oscuro e interminable, el miedo se apoderó de ella. Le tenía terror a la inmensidad del mar. Nunca había sentido tanto miedo en su vida.
Encogida dentro de aquella caja, pateaba con los pies atados, esperando abrir aunque fuera una rendija que le permitiera salir. Pero era más fácil pensarlo que hacerlo.
Cuando apretaba los dientes para seguir intentando, alguien pareció golpear la caja desde afuera. Se detuvo y aguzó el oído: efectivamente, alguien estaba golpeando. No sabía si era uno de los secuestradores, así que no se atrevió a moverse.
La persona afuera siguió golpeando y preguntó:
—¿Hay alguien ahí adentro?
La voz le resultaba familiar... Pero no podía creerlo...
Era imposible que él estuviera ahí, ¿o sí?
—¿Hay alguien dentro de la caja? —insistió la persona desde afuera.
Se parecía a él... Olivia se arriesgó: fuera quien fuera, era mejor que quedarse de brazos cruzados esperando lo peor. Pateó la caja con el pie.
—¿Hay alguien? Olivia, ¡si eres tú, patea tres veces!
Era él... Era Adrián... ¿Cómo podía ser posible que estuviera aquí? Pero no era momento de pensar en eso, ¡lo importante era salir!
Pateó la caja tres veces con fuerza.
Él ya estaba forzando la caja desde afuera, y al escuchar los tres golpes aceleró aún más. Tras varios chasquidos seguidos, la tapa se abrió.
—¿Olivia? —Le arrancó el saco negro que le cubría la cabeza y la sacó de ahí.


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