Adrián rio con sarcasmo.
—No te arrepientes de nada. Lo que pasa es que te quedaste solo, sin nadie a tu lado, por eso recuerdas a mi mamá.
Roberto sonrió.
—¿Y tú? ¿Por qué razón estás pensando en esa muchacha?
Adrián sintió que esas palabras le cayeron como un balde de agua fría; la cabeza le zumbó y el dolor se desbordó.
—¡Tú no entiendes nada! ¡Yo no soy como tú!
—¿En qué eres diferente, hijo? —preguntó Roberto—.
Con el ejemplo tan desastroso que te di, ni siquiera te sirvió de escarmiento. ¿Dónde está la diferencia?
—¡Es diferente! ¡No tiene nada que ver! ¡Es distinto y punto! —Adrián no quiso seguir escuchando sus disparates—. ¿Con qué derecho me dices eso?
Tras el arrebato de furia, volvió a su habitación y se dejó caer en la cama. Seguía con el celular en alto viendo el video, viéndola bailar, hasta que poco a poco la vista se le nubló y dejó de distinguir cualquier cosa.
En algún momento, las lágrimas le empaparon la cara.
*** Esa noche soñó con muchísima gente.
Eran sus años de adolescencia, cuando la torpeza y la pasión convivían juntas, y todo era mucho más intenso.
Soñó con Rodrigo, a quien le encantaba dibujar. Un día lo descubrió haciendo bocetos de Olivia en plena clase, le arrancó el dibujo y lo hizo pedazos. Se fueron —a los golpes y desde entonces fueron enemigos. Esa enemistad seguía sin resolverse.
Soñó con Leonardo. Soñó que jugaban en el mismo equipo y que Olivia los miraba desde el rincón más discreto de la barra de animadoras en el campo deportivo. Cuando terminaba el partido, se iba en silencio.
Leonardo le pasó el brazo por el hombro, con la mirada puesta en la silueta de Olivia que se alejaba.
—Olivia, la de tu salón... se ve tan distante, tan orgullosa.
El muchacho entendió cuáles eran sus intenciones y le dijo:
—Lárgate. Si le pones un ojo encima, se acaba nuestra amistad.
Había chicos que le dejaban cartas de amor en el cajón del pupitre. Ella nunca recibió ninguna, porque él se encargaba de interceptarlas y de dejarles clara su advertencia.


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