Ella supuso que se refería a la casa que le preparó a su hermana, y preguntó sin pensarlo mucho:
—¿En qué escuela está Fiorella?
—Ay, esa niña tiene mil intereses: le gusta bailar, le gusta pintar, cambia de opinión a cada rato. Al final se inscribió en una escuela de artes plásticas—dijo Julián—. Tú ve a clase, en la noche paso por ti.
Cuando mi hermana se entere de que estás aquí, se va a poner feliz.
Olivia asintió con una sonrisa.
—¡Claro que sí!
No le dio más vueltas al asunto y se fue al salón llevando el ramo de flores.
Al terminar las clases de la mañana, pensó que no podía llegar con las manos vacías a una casa ajena.
Fue a una pastelería cercana que le habían recomendado, encargó un postre y también algunas flores, y por la tarde pasó a recogerlos antes de que Julián llegara.
Pero no fue él quien apareció, sino Fiorella.
Llegó dando saltitos. Al verla quiso lanzarse a abrazarla, pero casi aplasta el pastel que Olivia llevaba en las manos. Por suerte se dio cuenta y frenó

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