Paulina dio por hecho que estaba acabada.
Adrián lo sabía todo, y no iba a dejarla ir, así como así.
Pero, contra todo pronóstico, él solo se levantó tras unas cuantas risas burlonas, se fue y la dejó sola en el privado.
Tras unos segundos de estupor, reaccionó y llamó a Beto.
—¡Beto! ¡Beto! ¿Qué hago? ¡Adri lo sabe todo! ¡Sabe que mi hijo es tuyo! ¡Sabe que la voluntaria de la preparatoria no era yo, y que tampoco hice las grullas de papel! ¿Qué hago, Beto? ¿Qué hago?
Él le colgó sin decir una palabra.
Paulina no se dio por vencida y volvió a marcar, pero Beto ya la había bloqueado. Se le fue el alma al piso: ¿
cómo era posible? ¿Cómo podía hacerle esto? ¿No habían quedado en que la trataría bien a ella y a su hijo? ¿No habían quedado en que los mejores días estaban por venir?
—¡Beto, eres un desgraciado! —chilló con la voz desgarrada, pero ya no había nadie que la oyera ni que fuera a consolarla.
*** Cuando Adrián salió del restaurante, los meseros que lo habían retenido momentos antes ya no estaban por ningún lado. Sonrió con cierta melancolía.
En realidad, ¿para qué complicarse tanto? Con que ella se lo pidiera, él haría lo que fuera.
Su celular no se le había caído: se lo sustrajeron cuando entró al lugar. Cuando salió a buscarlo, dos sujetos lo arrastraron a otro privado. Creyó que era un asalto o algo peor, pero entonces alguien entró con su celular en la mano: la misma persona que, disfrazada de mesero, se lo había quitado.
Le dijeron que necesitaban su cooperación. La supuesta cooperación consistía en restablecer la contraseña del celular, restablecer la contraseña del correo y, además, iniciar sesión en una cuenta de correo nueva.


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