Adrián actuó como si no hubiera escuchado.
Desbloqueó su celular y vio que seguía abierta la página del correo electrónico, incluso en la pestaña de archivos adjuntos.
—Adri... nuestro bebé... me duele mucho... —Paulina se agarró el vientre, fingiendo dolor, con la esperanza de esquivar las consecuencias de que Adrián la descubriera revisando su celular.
Pero él permaneció impasible; limitándose a observarla con desdén.
Paulina se apoyó en la mesa para ponerse de pie, con los ojos anegados en lágrimas.
—Adri, si ya no te importa nuestro bebé, iré sola al hospital... —Sollozó—. Me duele mucho...
Hacerse del rogar y, al final, llorar un poco. Lo de siempre.
Adrián se sentó y la observó actuar.
Paulina terminó su escena, pero no se fue; se quedó
esperando a que él la detuviera. Esperó y esperó, hasta que al final Adrián se limitó a una réplica demoledora:
—¿No te ibas? Creí que Beto te estaba esperando.
Paulina se puso pálida.
—Adri, ¿de qué hablas?
—¿Hace falta que te lo explique? —respondió Adrián con frialdad.
Paulina forzó una sonrisa.
—¿Lo dices por lo de tu celular? Sí... Beto me pidió
que lo revisara, él me obligó... Adri, perdón, no te vas a enojar conmigo por algo así, ¿cierto? Adri...
Mientras hablaba, sus ojos volvieron a llenarse de lágrimas.
—Estoy hablando de tu vientre.—Adrián la interrumpió, cortando de tajo aquel "Adri" que no paraba de repetir—. Si te duele el vientre, ¿no deberías pedirle al padre del bebé que te lleve al hospital?
Paulina sintió como si el suelo se abriera bajo sus pies. Los ojos se le desorbitaron y balbuceó con rigidez:
—Tú... tú eres... el padre...

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