—Señor Portillo... —Beto intentó explicarse—.
Nosotros fuimos compañeros de clase. Aunque con Adrián ya no me hablo, con Paulina siempre mantuve una amistad. Cortar todo vínculo entre excompañeros sería demasiado cruel, ¿no le parece?
Fabián sonrió.
—Tiene mucha razón, pero la cosa no es convencerme a mí, sino a Rossi. Lo que importa es si él se lo cree. ¿No le parece?
La cara de Beto se ensombreció.
—Así que, en serio lo siento mucho. Yo también estoy en una situación difícil. Después de todo, mi empresa apenas arranca. Que Rossi se haya fijado en mi ya me tiene en la cuerda floja, midiendo cada paso por miedo a caer. Aceptar trabajar con usted ya fue un riesgo enorme, solo por el favor que me hizo en su momento, y ahora se suma otro factor de riesgo...
Sinceramente, no me atrevo. —Fabián suspiró—. Lo lamento, señor Bravo.
Fabián se fue en cuanto terminó de hablar. Beto y Paulina se quedaron solos en el privado, mirándose en silencio.
—Beto... —Paulina lo llamó.
Él le clavó una mirada furiosa.
—¡Te dije que no vinieras, pero insististe!
Paulina comenzó a llorar.
—Y... ¿y ahora qué hacemos?
Beto no respondió.
—¿Quién es ese tal Fabián? —preguntó Paulina con un hilo de voz.
—Es el socio que eligió Rossi. Una empresa nueva. —
Beto le explicó—: Este tipo trabajó un tiempo con nosotros, después renunció y fundó su empresa.
—¿No... no debería tener una cláusula de no competencia? —preguntó Paulina, sorprendida.

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