Nico y Celeste se fueron, pero las palabras de Celeste seguían resonando en los oídos de Beto.
Tensó la mandíbula, sacó el celular y llamó a Renata.
La llamada entró y ella contestó enseguida.
—¿Dónde estás? —preguntó Beto con tono autoritario.
—En la casa.
Se escuchó la voz de Renata al otro lado de la línea у, de fondo, la de Lucas hablando. Beto suspiró con alivio; lo sabía, Renata no era capaz de armar ningún escándalo.
Al recordar la muerte de la madre de Renata, igual preguntó:
—Lo de tu mamá...
—Ya me encargué de todo —respondió Renata con una calma inusual al otro lado del teléfono.
—Renata, yo... —Beto le reclamó—. ¿Por qué no me avisaste?
—Estabas ocupado, no quise molestarte. Pude resolverlo sola.
—Está bien. Hoy llego temprano a la casa; dile a la muchacha que me prepare de cenar y espérame. —
Después de todo, la muerte de una suegra no era poca cosa, más le valía ir a ver a Renata.
Ella no contestó. Colgó.
Cuando Beto terminó la llamada, se dio cuenta de que Adrián había salido de su oficina y lo observaba.
Paulina también estaba ahí, mirándolo.
—Beto, Renata... —dijo Paulina con cara de preocupación.
Beto se encogió de hombros.
—No pasó nada. Renata ya está en la casa, solo fue a su pueblo a encargarse del funeral de su mamá.
—Deberías ir con ella ya —le dijo Adrián—. La muerte de un familiar es un golpe devastador. Renata dice que no te reprocha nada, pero por dentro quién sabe qué estará pensando.
Beto sonrió con arrogancia.
—Adri, en eso te equivocas. Renata no es como Olivia;
es la mujer más sensata del mundo. Hasta me dijo que entiende que estoy ocupado y que por eso no quiso molestarme.
Adrián sonrió con tristeza.

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